De Valladolid a Coslada

Fue una imagen mental de campeonato. No había entrado la pelota todavía, y mi mente viajó atrás en el tiempo doce años: escenario idéntico, rival diferente, importancia imposible de comparar. Más allá de todo esto, el golpeo fue calcado. Desde las primeras filas de la tribuna de Mestalla, Rubén Baraja observó como Dani Parejo replicaba casi a la perfección un gol que pasó a la historia del Valencia ante el Espanyol, aquella noche de 2002.

No es el único punto en común entre el vallisoletano y el de Coslada. Que Parejo marque goles significa que Parejo se atreve a subir al ataque, a incorporarse desde segunda línea para sorprender a las defensas rivales. Ha estado cerca de anotar en varias ocasiones en la segunda mitad de la temporada, con acciones de calidad y repletas de intención. La capacidad anotadora de Baraja -especialmente en la temporada 2001-2002, la de la primera Liga de Benítez- está fuera de duda. Parejo dispara libres directos a la escuadra, bota todas las acciones a balón parado y dibuja asistencias y cambios de juego con criterio y sentido. Una suerte de ‘remake’ barajístico una década después que, compartiendo esencia balompédica, presenta lógicamente sutiles diferencias.

Hablar de Baraja era hablar de aplomo, temple y manejo del partido. Dominar la parcela ancha con su mera presencia. Y eso es lo que Parejo está logrando, semana a semana, poniendo su fútbol como aval y olvidándose de medianías o dudas anteriores. Parejo aprendió a sufrir estos dos últimos años, a estar en el punto de mira, a sentirse permanentemente vigilado. Y tras sendas temporadas de altibajos, encontró su lugar. Primero con Valverde, y ahora con Pizzi. Jamás pensé que tendría la confianza y seguridad en sí mismo que viene demostrando en los últimos meses. Reconozco que perdí la fe en él. Y el tiempo y los partidos están demostrando que Valladolid y Coslada, 170 kilómetros de separación entre ellas, confluyen en la capital del Turia.

El juego del Pipo, pecho ancho y fuelle incansable, residía también en su capacidad física durante los noventa minutos. Un aspecto que se había criticado anteriormente en Dani, pero que está mejorando a pasos agigantados. Parejo lo juega todo, y con la lógica excepción puntual, lo juega a alto nivel. Baraja era la red de seguridad de Benítez en carne y hueso. Pizzi, del mismo modo, lo tiene más claro que el agua: “Mientras no veamos que Dani flaquea por el desgaste físico, vamos a utilizarlo porque es una pieza básica de lo que pretendemos con nuestro equipo”.

Baraja fue manteado el día de su despedida de Mestalla, fue manteado cuando ganó la Liga con su juvenil hace dos semanas y volvió a ser manteado en Mestalla por sus chavales mientras Parejo apuraba sus ejercicios de calentamiento antes del choque ante el Elche. La grada blanquinegra y su exquisito ‘bouquet’ para detectar la grandeza cuando la ve siempre recordarán con cariño al ‘Pipo’ por lo que fue, por lo que es y por lo que puede llegar a ser si su carrera en los banquillos sigue prosperando. Parejo sigue ganándose a la gente a pulso de la manera más difícil: convenciéndoles de que es válido, de que es importante, de que sus dudas y pecados de juventud pueden ser expiados con compromiso, entrega, buen juego y victorias.

Dos centrocampistas creativos, dos estilos de jugar, dos épocas diferentes, un mismo sentimiento de ilusión cuando la grada nota que tienen una tarde inspirada. Baraja y Parejo, Pipo y Dani, tienen más cosas en común de las que jamás podría haberme imaginado. Tras un lustro de búsqueda del ‘nuevo’ Rubén, con hombres como Banega o Fernandes incapaces de hacer justicia a semejante comparación, al fin podemos respirar tranquilos como lo hacían hace diez años los asistentes a Mestalla cuando escuchaban que Baraja era titular. A fecha de hoy, una tranquilidad similar a la que siento cuando veo cada semana a Pizzi probar en los entrenamientos con el de Coslada como volante ofensivo, corazón y alma en la sala de máquinas de un equipo que le necesita más que nunca.

 

Paco Polit (@pacopolit)

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