El fútbol de la calle

Si les preguntara cómo resumir una vida… ¿cuál sería su respuesta? Algunos harían un balance cronológico, otros destacarían momentos, la mayoría se quedaría con cuatro detalles, y algunos se tirarían horas y horas hablando. Eso sí, sin contar nada.

Yo probablemente resumiría mi vida hablando de personas. De las que han marcado mi felicidad, me han ayudado a crecer o me han aportado algo distinto. Desde las obligadas hasta las elegidas. Desde tu familia, con los amigos de la infancia, con los del trabajo, con los futboleros… Al final el resumen puede ser todo lo largo que queramos, pero si cierra los ojos y piensa usted en gente que le haya marcado de verdad, vendrán a su memoria muy pocos rostros.

En el mundo del deporte es complicado encontrar personajes que dejen huella, que enseñen. El futbol vive del momento, todo pasa deprisa, todo se olvida pronto. Por eso cuando alguien irrumpe y te hace pensar, lo agradeces.

El otro día murió Luis Aragonés. Tipo rudo, distante, muchas veces complicado, pero con una personalidad y una forma de ver la vida maravillosa. Lo conocí un poco. El tampoco quería mostrarse mucho. Y me marco su respeto por el deporte, por los jugadores, por los periodistas -no por todos-, por la vida. Su lucha diaria contra lo necio, lo establecido. No regalaba palabra, pero si ofrecía amistad. La suya, claro.

Un día Romario -jugador que le encantaba, por cierto- marcó dos goles en Santiago y los celebró con locura. El problema es que se los marcó a un jugador de campo con guantes, porque el portero había sido expulsado y no había más sustituciones. En el avión de vuelta me acerque al míster a darle la enhorabuena, dado que el equipo había ganado cero a cuatro. Aragonés, fuera de sí y mirando a los ojitos a Romario, me respondió: “¿Enhorabuena de qué? ¡Si hoy hemos engrandecido a esta mentira de futbolista!” Se produjo un silencio que para mí fue eterno. Imagino que para Romario, más todavía. Aragonés bufaba porque uno de los suyos no había jugado limpio, había roto las reglas intocables del fútbol y eso le molestaba más que cualquier cosa. Nobleza obliga.

No tuvo el carisma de Guardiola, ni la pasión que se tiene por Bielsa, ni el marketing de Mourinho. Pero Zapatones era así. No era ni glamuroso ni romántico. Era alguien que jugaba la vida como le habían enseñado desde niño. Con una infancia dura y sacrificada. Su manera de ver el futbol era su forma de ver la vida. Ganar, ganar, ganar, y después ganar. No a cualquier precio. Porque en la vida, para ganar, no todo vale.

Jamás escuché a ningún futbolista hablar mal de él, jamás dejó de defender a los suyos. El deporte, el futbol, tiene demasiados personajes estériles, estúpidos, inútiles… pero de vez en cuando aparece alguien que te hace respetarlo y quererlo. Luis es uno de ellos. Por eso y por muchas cosas, gracias míster.

 

Carlos Egea (@cegeavivo)

Periodista NOU Radio