El levantinismo alcanza la madurez

El Levante vive otro momento dulce de su centenaria historia. Supera al Valencia en puntaje a falta una docena de partidos para el final de la Liga y con posibilidades matemáticas para pelear por una séptima plaza que da derecho a jugar en Europa la próxima temporada. Sería la segunda vez que el club participaría en una competición internacional.

Sin embargo, no veo banderas blaugranas colgadas por los balcones de la ciudad, ni la web oficial ha preparado un vídeo conmemorativo de tan magna efeméride, ni escucho al presidente Quico Catalán, ni tampoco a los capitanes haciendo una ronda de declaraciones para proclamar a los cuatro vientos que con un presupuesto pírrico han conquistado la permanencia y le están mojando la oreja al vecino, que dicho sea de paso, todavía tira de calculadora soñando con el cuarto puesto si el domingo le gana al Athletic de Bilbao en Mestalla. El mensaje equivocado es el que conduce hacia el fracaso.

La memoria de cualquier aficionado granota discrimina rápidamente las emocionantes victorias en Vallecas, en el Sánchez Pizjuán o las eliminatorias vividas hace tan sólo un año frente al Olympiacos o el Rubin Kazan y rescata para su decálogo anual de conducta lo que nunca debió ocurrir hace una década.

Fue un momento de euforia desmedida tras el ansiado ascenso a Primera de la mano del siempre recordado Manolo Preciado y que se acentuó en el décimo partido de la siguiente temporada, cuando el equipo dirigido por Schuster ocupaba puestos de Champions con el Barça y el Real Madrid como únicos rivales.

Villarroel utilizó ese instante idílico para sacar pecho, para reivindicar su cuota de protagonismo, para presumir de una clasificación efímera, para plantearle una absurda renovación por cinco años a un entrenador alemán al que terminó despidiendo, para perderle el respeto al Mallorca a falta siete jornadas, para chapotear en las cloacas del otro fútbol como consecuencia de la desesperación y para terminar, con el equipo de su vida y el de la de muchos, en Segunda División. La ambición descontrolada y la prisa desmedida eran debidas a querer ser mejor que el Valencia o el Villarreal.

El decano de la Comunitat estuvo al borde de la desaparición y la factura de aquel disparate no se terminará de pagar hasta dentro de varios años. Las consecuencias de un arrebato de soberbia o de un falso populismo pudieron ser irreversibles para una entidad y para una masa social, que en aquel momento hubiese sido tremendamente feliz con la simple renovación del técnico cántabro y armar una plantilla competitiva para mantener la categoría.

Hoy quiero poner en valor la continuidad del proyecto en Primera por quinta temporada consecutiva y recordar con una sonrisa lo que pudo ser una autentica tragedia. En todo este tiempo, la hinchada de Orriols ha vivido momentos de felicidad contenida, alcanzando el éxtasis granota con un nuevo ascenso y hasta pisando la moqueta de la UEFA, pero siempre llevará grabado a fuego aquel episodio de angustia existencial.

Esa maldita experiencia supuso un acelerado aprendizaje. Ahora, ya no le vacila al valencianista aunque su eterno rival le mire la matricula, ni se mofa de JIM y del Valladolid que marcan la referencia con el descenso, ni habla de la Europa League sin obtener la permanencia matemática, ni le promete a Caparrós aquello que no le puede pagar, ni está preocupado por si el entrenador decide irse al Sevilla y ni siquiera se inmuta ante los incesantes rumores que sitúan a Keylor Navas en otros clubes.

El Levante y su afición han adquirido una envidiable madurez, sin trazarse metas inalcanzables, aplicando la coherencia y dotando de normalidad a cada una de las decisiones que toma. Sin estridencias, con un metódico y calculado silencio. Parece que no están, que no se les oye, pero nunca se detienen. Es más, yo creo que se han dado cuenta que el exceso de ruido y la atención de los focos les molesta y hasta les puede confundir.

 

Jose Manuel Alemán (@AlemanSER)

Radio Valencia Cadena SER