El poder establecido

Cuando Amadeo Salvo desembarcó en la presidencia valencianista aún no se habían apagado los ecos del partido que cerró el pasado ejercicio. La traumática derrota de Sevilla dejó al Valencia fuera de la Champions, a Valverde enfilando el camino de regreso a Bilbao y al club en una transición que se antojaba definitiva.

Sin embargo, casi nadie reparó en las circunstancias tan dolorosas que envolvieron aquella injusta derrota. El técnico pensaba en un futuro distinto y el presidente, Vicente Andreu, estaba de paso. Así que el inicio de un nuevo ciclo difuminó los efectos de un arbitraje que, en otro momento y en otro club, hubieran desatado una enorme polvareda.

Nadie fue consciente en ese instante, mientras se asistía a una serie de cambios relevantes en el gobierno del club, de la magnitud del agravio sufrido en el Pizjuán. La dinámica informativa se encargó de enterrar el asunto y desde el nuevo consejo de administración se levantaba una bandera: el respeto y el juego limpio como seña de identidad. Que se lo digan a los integrantes del legendario Valencia bronco y copero de los cuarenta, a la defensa inexpugnable del equipo adiestrado por Di Stéfano a principios de los 70, o a la zaga que alumbró Ranieri y mantuvieron Cúper, Benítez y hasta con ligeras variaciones Quique.

El propósito loable de apostar por la limpieza no estaba exento de unas dosis de ingenuidad y de candidez. El fútbol profesional exige moverse por unos derroteros de máxima competitividad. La labor de Clos Gómez en la infausta noche sevillana merecía, al menos, una protesta contundente. Había argumentos de sobra para ello.

Ahora, casi un año después, el valencianismo empieza a asumir el ninguneo que padece desde un poder establecido que tiene relegado al club, considerado como uno del montón, sin presencia ni peso específico en los órganos de poder. Sin aliados propios, ni mucho menos ajenos, hace tiempo que el club debería haber diseñado una estrategia para hacerse de respetar a la hora de evitar algunas designaciones o situaciones incómodas. Nadie va poder impedir jamás los errores arbitrales, pero las tendencias y las estadísticas delatan algunos datos preocupantes.

No se trata de creer en conspiraciones ni en tramas ocultas, pero sí que está demostrado que algunos clubes gozan de un trato más considerado. En ocasiones, los arbitrajes se juzgan desde la óptica de jugadas concretas, cuando una labor puede resultar más determinante con pequeños detalles en apariencia. Que se lo digan a David Navarro, por ejemplo.

 

Paco Lloret (@pacolloret_)

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