Fuego amigo: de Las Palmas a Singapur

Las imágenes están ahí y poco se puede añadir a uno de los episodios más lamentables en la historia reciente de la “modélica” (sic) Liga de Fútbol Profesional que el señor Javier Tebas tiene a bien hundir en el fango año tras año. El drama se maximiza cuando la infame actuación de unos pocos -aunque demasiados, para mi gusto- da al traste con las ilusiones de un club, de una plantilla, de una afición, de una ciudad y de una isla al completo. Las Palmas de Gran Canaria no paladeará fútbol de Primera el año que viene por culpa de cuatro gilipollas. Es injusto con el resto de seguidores, pero jamás el karma fue tan contundente con una pandilla de idiotas que, seguramente, estén de risas este lunes mandando por Whatsapp a sus coleguis esas imágenes en las que aparecen invadiendo el césped del estadio canario.

Inmediatamente -el subconsciente me juega a veces malas pasadas-, me acordé de la exaltación y el obsceno nivel de agresividad presente entre una pequeñísima porción de los aficionados valencianistas, producto de ocho largos meses en un proceso de venta interminable. Recordé los insultos, las amenazas, los gestos inadmisibles, las tonterías que se hacen y dicen por -presuntamente- el amor a unos colores. E imaginé un escenario similar con diferentes protagonistas.

Me dio por imaginar esa temporada 86-87, a la que Paco Lloret hizo alusión hace unos días con uno de los mejores comentarios que he leido en el último medio año, con un final distinto al que está escrito y que acabó con el ansiado ascenso tres jornadas antes del final de la Liga. Imaginen: última jornada, partido en Mestalla, el triunfo te da el ascenso y el empate condena al equipo a seguir otro añito en el infierno. Un prometedor lateral, Quique, hace el 1-0 en la primera mitad. En tiempo de descuento, a falta de un minuto, veinte impresentables se cuelan en el césped y comienza a abrazar a los Subirats, Voro, Roberto, Fernando… Todos ellos paralizados y confusos ante lo ocurrido. El colegiado para el reloj. Diez minutos después se desaloja el césped y se retoma el partido. El rival anota un gol. Pitido final. Sueño truncado.

¿Qué hubiese ocurrido en Valencia? ¿Cuántas lágrimas se hubiesen derramado? No me quiero ni imaginar lo que deben sentir los pobres seguidores canarios en las horas posteriores a uno de los mayores chascos que el fútbol puede propinar a una afición. Todo por culpa de esos diez, quince, cincuenta, cien tipos que cumplen a rajatabla un perfil definido y claro: pocas luces, menos sentido común, golpes gorilescos en el pecho al ensalzar a su equipo y cero capacidad de autocrítica. De esos que usan como argumento incontestable frases como el épico y habitual “yo soy del Valencia mucho más que tu” cuando pierden cualquier intercambio dialéctico, sin caer en la cuenta de que ni es un argumento -apenas llega a soflama-, ni les confiere mayor autoridad. Sólo refuerza el patetismo y la inseguridad de aquel que no es capaz de debatir con razones. Una rémora disfrazada de punto a favor. Y si además el susodicho se dedica a informar, mejor cerrar la puerta y dejarlo discutiendo con la pared.

Medio año de posicionamiento y trincheras han dejado Valencia con más agujeros que los balances económicos de la época solerista. La sensatez voló de la ciudad cual ‘pardalet’ en época migratoria a la espera de tiempos mejores. El drama se exterioriza en Las Palmas en forma de llanto, rabia y lamentaciones a posteriori, pero se soporta muy adentro en una capital del Turia con el corazón en un puño a la espera de conclusión a una epopeya larga en el tiempo y todavía más larga a nivel sentimental. La compra por parte de Peter Lim se ejecutará en los próximos días. Habrá ruido de fondo, escándalos y barra libre opinativa, pero el final del cuento está escrito. ‘Alea jacta est’. Es lo que los poderes fácticos, deportivos, económicos y sociales han decidido respecto al futuro del club. Ellos, no los aficionados, son los que a la postre deciden. Saldrá mejor o peor, pero la decisión está tomada.

El ‘fuego amigo’ entre aficionados de un mismo club debe cesar, por el bien de la hinchada y por la sanidad mental de aquellos que deben contarlo a diario. Este no es un mensaje popular -mucho menos populista, que es ‘trend-topic’ en 2014- y seguro que alguien lo malinterpreta y lo considera un sacrilegio. La conciencia prevalece: con que una sola persona entienda el fondo y la necesidad de templar ánimos a todos los niveles en el entorno del Valencia, habrá servido de algo. Después de todo, aquí no está en juego un ascenso de categoría, sino algo mucho más importante como es la supervivencia de un club. Mucho, muchísimo más importante. Y para asegurarlo, mejor ir todos de la mano que a navajazos.

 

Paco Polit (@pacopolit)

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