Nos lo habían robado

La explosión de júbilo pasadas las once y media de la noche en una velada primaveral en la capital del Turia vino a simbolizar una liberación total, el éxtasis de un pueblo adormecido durante años. El Valencia se metió en las semifinales de una competición continental, y lo hizo con solera y brillantez, sí, pero también con sufrimiento y esfuerzo inagotable.

Anoche no durmió ni Dios en Valencia. El aficionado de a pie no tuvo bastante con la emoción de la montaña rusa en el marcador durante los ciento veinte minutos de tiempo reglamentario; algunos se fueron de parranda a celebrar el pase, otros condujeron felices hacia sus domicilios con la radio a todo trapo mientras escuchaban a los protagonistas de la gesta; y la mayoría se fueron a dormir sin poder hacerlo, con una sonrisa tan estúpida como incomprensible en el rostro. Y seguro que algún que otro granuja aprovechó para marcar su particular gol. Será interesante ver el índice de natalidad dentro de nueve meses.

Al fin once jugadores se merecieron sobre el césped el apoyo incondicional que Mestalla, el vilipendiado Mestalla, el exigente Mestalla, el fiel Mestalla, había concedido a sus futbolistas. Es difícil que alguien entienda la anterior aseveración si reside en las afueras de la Comunitat, porque la leyenda urbana construida mentira sobre mentira ha contribuido a generar en el exterior la grotesca figura de un estadio y afición injusta, caprichosa, diva y poco entendida. Curiosamente, los mismos que practican el onanismo escrito con la afición del Atlético de Madrid. Nada tuvo que envidiar el ambiente del coliseo blanquinegro a lo visto en el Manzanares el pasado miércoles; sin embargo, el foco a nivel nacional mantendrá las loas al seguidor rojiblanco mientras pasará de puntillas sobre lo constatado ayer. Nada nuevo bajo el sol.

En el fondo, el seguidor valencianista es uno de los más sencillos de descifrar en todo el panorama patrio. Tiene sus particularidades, cómo no, pero su mecanismo es bien simple: pide mucho porque da mucho. Y el esfuerzo nunca se negocia. Tampoco la actitud. Porque su esfuerzo en acudir al estadio y la actitud guerrillera ante equipos visitantes tampoco lo hacen. Hacía años, más de un lustro, que los cimientos de la Avenida de Suecia no retumbaban con la fuerza de la masa enardecida por una escuadra de once hombres y un esférico. En ese tiempo se ha visto de todo, incluso goleadas a rivales endebles que acababan en silbidos porque la gente sabía que ese equipo podía dar más de sí.

El Atlético de Madrid se está encargando de destrozar a mordiscos el cómodo y liviano colchón de seguridad tejido en cinco años de mediocridad envuelta en terciopelo. “Pero somos terceros” era la frase de cabecera cuando alguien osaba cuestionar el fútbol del Valencia, el nivel del Valencia, la táctica del Valencia o los resultados en eliminatorias del Valencia. Será, para siempre, la cruz de la etapa Llorente: cuatro años, cero títulos.

Presidentes y entrenadores, hace no mucho, se llevaban las manos a la cabeza ante semejante idea descabellada. “¿Pero cómo vamos a pelearle la Liga al Barça y al Madrid? ¿O la Copa? ¿O la Champions?” Ah, pero fuimos terceros. Tres veces. Y así, poco a poco, como aquel que mata lentamente a su víctima plantándole una gota de cianuro cada mañana en el café, Mestalla fue cayendo en una lenta agonía de conformismo, previsibilidad y aburrimiento.

Hacía tiempo que no veía a la gente tan feliz al salir del estadio. Sus ojos, sus rostros, sus mensajes, tuits, comentarios en redes sociales y sus conversaciones de Whatsapp. Paco Alcácer, Keita y compañía nos devolvieron por primera vez en mucho tiempo a ese Valencia que sus seguidores aprendieron a amar y a idolatrar. Al equipo que nunca se rinde, que se crece ante la adversidad y que se deja hasta la última gota de sangre, esa que nunca se negocia, sobre el terreno de juego. Al equipo que nos habían robado a base de medianías, excusas peregrinas y justificaciones plañideras.

Puede que caiga eliminado en semifinales o que no salga ganador en Turín, pero este equipo ya ha conseguido algo más que meritorio: que, por una noche y después de muchos años, sus aficionados no pudiesen dormir de alegría. Bendito insomnio.

 

Paco Polit (@pacopolit)

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