EDITORIAL 20D, La suerte está echada

Bravo, doña GabrielaLa llingüística, com a ciència que és, no admet dogmes ni veritats absolutes. Els dogmes, açò és, la creença cega en un fet o fenòmen sense qüestionar-lo lo més mínim, són propis de les religions o de les més fanàtiques ideologies. Que el valencià és català pareix haver-se convertit per ad alguns en això, un dogma de fe. I no. Els llingüístes, com a bons cientifics, són els autèntics encarregats d’estudiar, contrastar , investigar i cuidar nostres llengües, no obedixen a dogmes ni criteris polítics, o al menys no deurien fer-ho. La qüestió de l’orige i denominació de la llengua que es parla en la Comunitat Valenciana sempre ha sigut motiu de disputa. Ha generat, i generarà interessos i recels polítics. El nacionalisme, -que sempre vol més-, dels nostres veïns del nort, sempre ha dibuixat a les terres valencianes com una extensió de la seua anhelada nacionalitat. Per a construir qualsevol nació, i este és el cas que ens ocupa i toca de prop, fa falta una llengua, una historia, i una cultura més o menys comú. ¿Recorden allò de que ‘qui parla alemany és alemany’? Puix una cosa així passa en la Comunitat Valenciana per lo que fa a la denominació de l’idioma propi de molts valencians. A bon entenedor, sobren les paraules. Ara, la sempre apelada Europa, a través del Consell d’Europa ha tornat a reafirmar-se en lo que és obvi: que el valencià és valencià. Ya ho digueren ilustres autors de la terra que va conéixer el que fóra el primer Segle d’Or d’una llengua en lo que posteriorment s’anomenaria Espanya. Ausiàs March, Joanot Martorell, Bonifaci Ferrer o Sor Isabel de Villena així ho deixaven patent, escribien en ‘llengua valenciana’. I així, segles més tart, tot un poble, i la seua voluntat (eixa mateixa voluntat que s’alega a l’hora de reclamar referéndums impossibles de segregació), seguixen demanant lo que el Consell d’Europa ha vingut a recordar: que el valencià és un idioma, per historia, per tradició i per voluntat del poble que l’usa, el seu autèntic propietari. CASTELLANO: Europa se reafirma: el valenciano sí es una lengua La lingüística, como ciencia que es, no admite dogmas ni verdades absolutas. Los dogmas, esto es, la creencia ciega en un hecho o fenómeno sin cuestionarlo lo más mínimo, son propios de las religiones o de las más fanáticas ideologías. Que el valenciano es catalán parece haberse convertido para algunos en ello, un dogma de fe. Y no. Los lingüistas, como buenos científicos, son los auténticos encargados de estudiar, cotejar, investigar y cuidar nuestras lenguas, no obedecen a dogmas ni criterios políticos, o al menos no deberían hacerlo. La cuestión del origen y denominación de la lengua que se habla en la Comunitat Valenciana siempre ha sido motivo de disputa. Ha generado, y generará intereses y recelos políticos. El nacionalismo, -que siempre quiere más-, de nuestros vecinos del norte, siempre ha dibujado a las tierras valencianas como una extensión de su anhelada nacionalidad. Para construir cualquier nación, y este es el caso que os ocupa y toca de cerca, hace falta una lengua, una historia, y una cultura más o menos común. ¿Recuerdan aquello de que 'quién habla alemán es alemán'? Pues algo así sucede en la Comunitat Valenciana con respecto a la denominación del idioma propio de muchos valencianos. A buen entendedor, sobran las palabras. Ahora, la siempre apelada Europa, a través del Consejo de Europa ha vuelto a reafirmarse en lo que es obvio: que el valenciano es valenciano. Ya lo dijeron ilustres autores de la tierra que conoció el que fuera el primer Siglo de Oro de una lengua en lo que posteriormente se llamaría España. Ausiàs March, Joanot Martorell, Bonifaci Ferrer o Sor Isabel de Villena así lo dejaban patente, escribían en 'lengua valenciana'. Y así, siglos más tarde, todo un pueblo, y su voluntad (esa misma voluntad que se alega a la hora de reclamar referendums imposibles de segregación), siguen pidiendo lo que el Consejo de Europa ha venido a recordar: que el valenciano es un idioma, por historia, por tradición y por voluntad del pueblo que lo usa, su auténtico propietario.

20D, la suerte está echada. Tras la jornada de reflexión en la que partidos políticos y sociedad civil se dieron una tregua propagandística, los valencianos iremos a votar y tendremos que hacerlo con los tres ingredientes necesarios: libertad, cordura y convicción. Eso último brillará por su ausencia en más de un sujeto político. En esos zoon politikon que, de manera indecisa e inexacta, acabarán por decidirlo todo a pie de urna. Previsiblemente, esos votantes entregarán su confianza a los llamados partidos emergentes, que de emergentes tienen poco o nada. Unos por haberlo intentado en 2006 bajo las mismas siglas, en su proyecto europeo, otros por haber fracasado una y otra vez bajo siglas que acabaron por absorber.

Otros tantos, convencidos de apostar por Iglesias o Rivera, acabarán reculando y entregando el voto a los tradicionales, pensando aquello del “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Y lo harán, a pesar de que aún quede por demostrar el grado de bondad en el que los que se hacen llamar “nuevos” superan a los que detestan que les llamen “viejos”.

Un tercer grupo destinará su voto a su partido de siempre, sea Partido Popular, Partido Socialista Obrero Español o Izquierda Unida. O a UPyD, que no podemos adscribir por definición al grupo de los tradicionales, pero que también advierte que “siguen en pie”, a pesar de que las encuestas no les otorguen presencia en el abanico parlamentario desde 2011.

Sea como sea, todos coinciden en que estas no son unas elecciones más. Un análisis demasiado amplio, a la par que cargado de razón. El duopolio del voto español se ha desestabilizado, si nos fijamos en las encuestas. Que Pablo Iglesias o Albert Rivera lleguen a La Moncloa, parece difícil que se de, pero no imposible. Algo que sería inaudito en la aún joven democracia española. Que van a tener la sartén por el mango, eso no hay sociólogo que lo pueda refutar.