Pedro Sánchez más allá del selfie

Bravo, doña GabrielaLa llingüística, com a ciència que és, no admet dogmes ni veritats absolutes. Els dogmes, açò és, la creença cega en un fet o fenòmen sense qüestionar-lo lo més mínim, són propis de les religions o de les més fanàtiques ideologies. Que el valencià és català pareix haver-se convertit per ad alguns en això, un dogma de fe. I no. Els llingüístes, com a bons cientifics, són els autèntics encarregats d’estudiar, contrastar , investigar i cuidar nostres llengües, no obedixen a dogmes ni criteris polítics, o al menys no deurien fer-ho. La qüestió de l’orige i denominació de la llengua que es parla en la Comunitat Valenciana sempre ha sigut motiu de disputa. Ha generat, i generarà interessos i recels polítics. El nacionalisme, -que sempre vol més-, dels nostres veïns del nort, sempre ha dibuixat a les terres valencianes com una extensió de la seua anhelada nacionalitat. Per a construir qualsevol nació, i este és el cas que ens ocupa i toca de prop, fa falta una llengua, una historia, i una cultura més o menys comú. ¿Recorden allò de que ‘qui parla alemany és alemany’? Puix una cosa així passa en la Comunitat Valenciana per lo que fa a la denominació de l’idioma propi de molts valencians. A bon entenedor, sobren les paraules. Ara, la sempre apelada Europa, a través del Consell d’Europa ha tornat a reafirmar-se en lo que és obvi: que el valencià és valencià. Ya ho digueren ilustres autors de la terra que va conéixer el que fóra el primer Segle d’Or d’una llengua en lo que posteriorment s’anomenaria Espanya. Ausiàs March, Joanot Martorell, Bonifaci Ferrer o Sor Isabel de Villena així ho deixaven patent, escribien en ‘llengua valenciana’. I així, segles més tart, tot un poble, i la seua voluntat (eixa mateixa voluntat que s’alega a l’hora de reclamar referéndums impossibles de segregació), seguixen demanant lo que el Consell d’Europa ha vingut a recordar: que el valencià és un idioma, per historia, per tradició i per voluntat del poble que l’usa, el seu autèntic propietari. CASTELLANO: Europa se reafirma: el valenciano sí es una lengua La lingüística, como ciencia que es, no admite dogmas ni verdades absolutas. Los dogmas, esto es, la creencia ciega en un hecho o fenómeno sin cuestionarlo lo más mínimo, son propios de las religiones o de las más fanáticas ideologías. Que el valenciano es catalán parece haberse convertido para algunos en ello, un dogma de fe. Y no. Los lingüistas, como buenos científicos, son los auténticos encargados de estudiar, cotejar, investigar y cuidar nuestras lenguas, no obedecen a dogmas ni criterios políticos, o al menos no deberían hacerlo. La cuestión del origen y denominación de la lengua que se habla en la Comunitat Valenciana siempre ha sido motivo de disputa. Ha generado, y generará intereses y recelos políticos. El nacionalismo, -que siempre quiere más-, de nuestros vecinos del norte, siempre ha dibujado a las tierras valencianas como una extensión de su anhelada nacionalidad. Para construir cualquier nación, y este es el caso que os ocupa y toca de cerca, hace falta una lengua, una historia, y una cultura más o menos común. ¿Recuerdan aquello de que 'quién habla alemán es alemán'? Pues algo así sucede en la Comunitat Valenciana con respecto a la denominación del idioma propio de muchos valencianos. A buen entendedor, sobran las palabras. Ahora, la siempre apelada Europa, a través del Consejo de Europa ha vuelto a reafirmarse en lo que es obvio: que el valenciano es valenciano. Ya lo dijeron ilustres autores de la tierra que conoció el que fuera el primer Siglo de Oro de una lengua en lo que posteriormente se llamaría España. Ausiàs March, Joanot Martorell, Bonifaci Ferrer o Sor Isabel de Villena así lo dejaban patente, escribían en 'lengua valenciana'. Y así, siglos más tarde, todo un pueblo, y su voluntad (esa misma voluntad que se alega a la hora de reclamar referendums imposibles de segregación), siguen pidiendo lo que el Consejo de Europa ha venido a recordar: que el valenciano es un idioma, por historia, por tradición y por voluntad del pueblo que lo usa, su auténtico propietario.

Que se juega mucho el PSOE en las próximas elecciones del 20 de diciembre no lo duda nadie, y más -sin valorar encuestas intencionadas de algunos medios- si objetivamente atendemos a la tendencia de voto de los socialdemócratas en las últimas convocatorias electorales. Sobre todo en nuestra autonomía, en la que el (supuesto) efecto Pedro Sánchez no impidió que la lista que encabezaba Ximo Puig, cosechara sus peores resultados desde hace mucho tiempo. Vistas y oídas las intervenciones del secretario general y candidato del PSOE, da que pensar que lo mejor que podrían hacer en Ferraz, es guardarlo en un armario hasta que la noche electoral tenga que salir a hacer unas declaraciones sobre los resultados. O mejor, pasearlo, pero “muteado”, es decir, en silencio, que para selfies sí que da, rivalizando con Iglesias y Rivera. Cometiendo errores del pasado, la formación de Sánchez vuelve a caer en ese centralismo extemporáneo convencidos de que la única voz posible es la que emana de su sede en Madrid, olvidando que la autoridad, el respeto, no se impone, se gana, ya que de lo contrario es corriente que el sometido responda a la imposición con la burla.

Cuando a cuenta del “proceso catalán”, abogaba Puig por recuperar el Estatuto catalán sin desmembramientos, el jefe del Consell fue contestado con desdén y con imposición de criterio. Ahora, cuando el ejecutivo de Puig respondiendo al sentido común y a una reivindicación histórica de los territorios de la Corona de Aragón sobre ir vaciando de competencias las diputaciones, Sánchez se descuelga defendiendo esas entidades que solapan administraciones generando además gastos innecesarios para el contribuyente, que dividen a los pueblos y prolongan las fatuas baronías políticas. Podía Sánchez haberle consultado a su conmilitón Jorge Rodríguez sobre el papel de las diputaciones, el clientelismo que generan y el desmontaje de Imelsa, por si quería saber un poco de qué estaba hablando. Y de paso, para aprovechar la llamada, haber hablado con algún portavoz del Consell y saber de qué va eso del código ético de la Generalitat por lo que se refiere a la presidencia de cargos públicos en actos religiosos, antes de intentar rociar con agua bendita sus propuestas electorales. Pero claro, el miedo a la derrota electoral, al zarpazo electoral de Ciudadanos y Podemos y la búsqueda desesperada del supuesto votante de centro, hace cometer incongruencias tendentes al ridículo.