Asesora

DC-Aurea Ortiz

Me estreno en esta columna semanal que amablemente me ceden Valencia News y su director Quelo Romero (¡gracias!) y se me agolpan los temas. Tengo mucho que contar desde que anduve por acá durante la campaña electoral relatando aquel momento vertiginoso. Y como la cortesía obliga, en primer lugar voy a presentarme para que sepan desde dónde hablo y a qué me dedico. Desde el 13 de julio estoy trabajando en el ayuntamiento de Valencia, en el nuevo equipo de gobierno (el gobierno del cambio, da gusto decirlo), como asesora del grupo València en Comú. Asesora, sí. Ya, ya, suena fatal. Qué quieren que haga, es lo que hay. El concepto asesor/a está tan desprestigiado, por culpa de los modos en que se ha ejercido la función y el uso torcido y antidemocrático que le ha dado el bipartidismo, que sientes que tienes que explicarlo y justificarte. Que no estás allí para decir aquello de “usted no sabe con quién está hablando” levantando el dedo ante tu interlocutor. Y, desde luego, que no has venido para forrarte: los cargos públicos y asesores de València en Comú hemos firmado un código ético que implica cobrar como máximo tres veces el salario mínimo interprofesional y el resto del sueldo dedicarlo a iniciativas sociales, no recibir complementos por asistir a reuniones y no permanecer en el cargo más de dos legislaturas, entre otras cosas.

La impronta de veinticuatro años (¡24!) de autoritarismo del PP no se borra en tres meses. ¿La asesora, dice? ningún problema, adelante. Ah, que es asesora, perdone, claro, enseguida se lo preparo. Oigo cosas como estas desde que estoy en el ayuntamiento… tanto dentro como fuera de él. Noto cómo cambia el tono de voz de la persona que está al teléfono cuando digo que soy asesora, cómo me observan o me abren la puerta obsequiosamente en cuanto ven la identificación. Es incómodo, descoloca y no es fácil gestionarlo. A veces me miran con temor cuando me identifico y eso me da la medida de lo duros que han debido ser todos estos años de gobierno pepero para la gente que trabaja en el Ayuntamiento. Percibes que la función de asesor se considera un privilegio que concede un estatus diferente al del resto, cuando tú te sientes como una recién llegada que tiene mucho que aprender y no eres nada más (ni nada menos) que una servidora pública, que estás ahí para obedecer a la ciudadanía. Me gusta el nombre oficial del puesto, lo que dice en el contrato: personal eventual. Creo que no se debe olvidar nunca esa eventualidad. Ni para qué estamos aquí. Hemos venido a trabajar, a elaborar políticas públicas cuyo objetivo es el bien común y la justicia social, a cambiar el modo de ejercer el poder justamente para que no haya privilegios. Y les aseguro que trabajo hay muchísimo. Y es tremendamente apasionante. Ya les iré contando.

Por Áurea Ortiz Villeta