¿Autonomía sólo para tres?

Miguel Sebastián, ex cerebro económico de Zapatero y ex ministro, más conocido por prescindir de la corbata en verano para ahorrar en aire acondicionado, ha propuesto acabar con el café para todos y reducir a tres las autonomías. Esta idea viene circulando, y tanto por la izquierda como por la derecha, con ínfulas de gran remedio para grandes males, como si fuera a corregir un grave error histórico.

En realidad, el propósito que anima a quienes la suscriben es más rastrero a la vez que más quimérico: darle acomodo a la exigencia de “singularidad” de los nacionalistas más quejicas, latosos y rupturistas. Los del café para tres creen que sólo deberían disponer de autonomía Cataluña, País Vasco y Galicia, por aquello de que fueron las que vieron aprobados Estatutos bajo la II República. Pero lo creen porque imaginan que así se calmaría el nacionalismo catalán, o el que esté de turno para el berrinche y la pataleta. Dan por sentado que los nacionalistas se sentirían “más cómodos” en España si su comunidad tuviera un régimen diferente al del resto de la manada.

Es muy cierto que al nacionalismo catalán, por hablar del caso más notorio, le molesta que Cataluña en el plano administrativo y político sea exactamente igual que Valencia (a la que querría absorber), que Murcia, que Extremadura o que Castilla-La Mancha. Le fastidia esa igualación que se produjo al generalizarse la autonomía, porque el nacionalismo no quiere la igualdad, sino la diferencia, y siempre en su favor, desde luego. Ahora bien, suponer que el separatismo remitiría si se le concediera ese capricho diferencial, y a costa de incomodar a otros, es mucho suponer: ¡es wishful thinking! Ya lo dijo sabiamente Julián Marías: Nada es peor que empeñarse en contentar a los que no quieren contentarse.

Suprimir el generoso “café para todos” y limitarlo a tres comensales, apellidados “históricos”, no resolvería el problema del nacionalismo excluyente, sino todo lo contrario. La pelea por conseguir más dinero, más competencias, más lo que sea, se libra ahora entre diecisiete púgiles y el Gobierno central. Ninguno de los púgiles se quedará quieto y callado si a otro se le recompensa con un extra que se les niega a los demás. En cierto modo, las autonomías se controlan entre sí: unas paran los pies a las otras. En el instante en que el juego se reduzca a tres, ese efecto de contrapeso se perderá.

Racionalizar el Estado autonómico y frenar los excesos de la descentralización es una tarea necesaria. Pero no va en esa dirección la idea de reducir a tres las autonomías. Lejos de disminuir el poder del nacionalismo, conduciría a reforzarlo.

Cristina Losada