La derecha suicida

Por vez primera, he ahí la noticia, un sondeo electoral ha dado ganador al PSOE en las próximas generales, y aunque procede tomar estas catas con básico escepticismo, no tiene nada de extraño que así sea. Lo raro, en realidad, es que el PP se haya mantenido tanto tiempo como opción mayoritaria de los votantes. Porque los de Rajoy no sólo acusan el desgaste de estar en el Gobierno, lo que incluye el correspondiente cupo de errores y estupideces, algunos de los cuales se repiten como para certificar que el hombre político es el animal que tropieza más veces en la misma piedra.

Junto a esa fatiga natural, le ha tocado al PP otro fenómeno que por su frecuencia casi es de la naturaleza y, en rigor, de la naturaleza de la derecha española. Pues una de sus tradiciones, una conducta a la que regresa cada tanto, es la irrefrenable propensión a destruirse a sí misma. O lo que viene a ser lo mismo, la tendencia a dinamitar el partido en el que, tras no pocos esfuerzos, se han reunido y coaligado sus distintas corrientes. Aunque conviene precisar que en ese batallar intestino lo importante, lo decisivo, no suele estar en la diferencia de ideas entre conservadores, liberales, democristianos y otras “familias”. No. Ahí tienden a pesar mucho más los resentimientos y ambiciones personales.

El faccionalismo de la derecha consiguió cargarse a la UCD con la ayuda externa del PSOE, al que naturalmente no le amargaba el dulce, y ahora esa íntima vocación autodestructiva, que ha quedado libre y suelta ante la falta de fibra política del Gobierno, bien puede hacer realidad el sueño de Rubalcaba de ganar las próximas elecciones, pese a que no sea él el cabeza de lista y tenga que repartirse el pastel con Izquierda Unida.

Habrá quien se lleve las manos a la cabeza ante la posibilidad, que no juzgo tan remota, de que puedan gobernar España dentro de un par de años, al alimón, dos partidos como el PSOE e Izquierda Unida. Sobre todo, alarmará este último, un partido, que salvo excepciones locales o regionales –ahí está apoyando al PP en Extremadura-, se encuentra más en la línea populista cubano-venezolana que en la del comunismo de otrora. Lo cual, dicho sea de paso, es mucho peor: con un comunista se puede uno entender racionalmente, con un populista es imposible. Pero, de nuevo, ¿de qué extrañarse? Las ideas que prevalecen hoy en España sobre la crisis son las que vociferan los de IU y similares. Lo suyo es que las urnas les sean propicias a los demagogos.

Cristina Losada