La diferencia entre el desear y el hacer

En ocasiones, tengo la sensación de quedarme siempre a las puertas de algo. No sé si es compartido por los lectores. Una especie de algo así como “yo haría”, “podíamos poner en marcha”, pues “hace falta…”. Me ha pasado en no pocas ocasiones.

No hace mucho me contactó un amigo para poner en marcha una especie de think tank multiideológico –por suerte, porque para mí es una verdadera fortuna muy enriquecedora, tengo amigos de todos los signos políticos: de derechas, de izquierdas, nacionalistas, regionalistas, radicales, moderados, creyentes, ateos y un largo etcétera- La cosa pintaba muy bien. Una especie de recuperación del espacio civil para repensar no la sociedad en su conjunto, sino fundamentalmente, las estructuras políticas necesarias para que dicha sociedad funcione sin que se produzcan los consabidos cambios de chaqueta por cambios de gobierno; los no pocos quítate tú para ponerme yo –y los míos-, y los también habituales todo lo anterior no sirve porque no lo hice yo.

Era todo bastante ilusionante hasta que poco antes de comenzar me desfondé. ¿Falta de fueras? ¿Falta de ingenuidad? ¿Falta de ilusión? Una de las cosas que tiene esta crisis mía de la edad adulta es que uno ya tiene una lista bastante amplia de las cosas que pudo hacer y no hizo. Y me pareció maravilloso escribirme el catálogo de mi cara b. Todo aquello que estuve a punto de hacer o que alguna vez pensé que podría hacer y no llegué a ejecutar.

En esto me he dado cuenta de lo que supone el liderazgo y de la gran diferencia entre las personas que inspiran y aquellas que no. Y he llegado a una conclusión muy simple: que existen dos tipos de personas, las que piensan que se podría hacer algo y las que lo hacen.

No es poca la diferencia. Si ese algo, pongamos por ejemplo, es algo tan sencillito como cambiar el mundo, ¿qué no podría suceder? Y aunque uno, con el paso de los años, va pensando que eso de cambiar el mundo es un poco complicado, no deja de ser menos cierto que todo el catálogo de “lo que pensamos que podríamos hacer y no llegamos a hacer” nos define casi tanto como aquello que realmente hacemos. ¿Y por qué no cambiar el mundo? A fin de cuentas nuestro vivir ya cambia la realidad del mundo previa a nuestra existencia. ¿Por qué no hacerlo un poco más amplia?

Me he preguntado por todo aquello que me ha impedido hacer esas cosas y en casi todo suele haber un denominador común no siempre explicitado: el miedo. Y como no quiero hacer de esto una especie de terapia estilo “power balance” o si se prefiere un rollo Paulo Coelho, no voy a decir que es el momento de hacerlo, porque no. Muchas de esas cosas ya no se pueden o no se deben hacer, ni siempre aquello que pensamos que debíamos hacer era lo correcto.

Lo que sí sucede es que todavía quedan muchos podría por venir. Y hay uno que para mí es clave: no dejar de hacer nada que uno considera que debe hacer.  Y como en todo ejercicio de reflexión uno debería responderse ¿Y cómo sé que eso que considero que debo hacer es lo correcto? Pues ejercitándose en la responsabilidad del deber. Pero no de un deber social. Sino de un deber humano. ¿Y cuál es el deber humano por excelencia? Aquel que hace que la vida merezca la pena ser vivida. Con los años, he ido descubriendo que esa vida que merece la pena ser vivida sólo puede construirse en la apertura a los otros: los hijos, la pareja, la familia, la comunidad, el mundo –en un corazón que se ensancha; que integra-.

Aunque no sea exactamente un abrirse al otro -pero sí un arriesgarse a desnudarse ante el otro- me he decidido, por ejemplo, a publicar un libro que llevaba varios años en el cajón aún a riesgo de no ser comprendido. ¿Por qué? Porque no encuentro muchos libros por ahí que muestren -como yo creo que se debe mostrar- las consecuencias del relativismo moral –aunque sea desde el humor-. (Antes al contrario, forma parte del pensamiento dominante su exaltación, aunque no todo el mundo sea consciente de ello). Y creo que aunque sea un poquito, un libro siempre ayuda a la reflexión.

No importa si el resultado es excelente o meramente mediocre –o no importa desde el punto de vista de la intención, sí del resultado-. Lo que importa es que ya no se encuentra entre mi catálogo de esas cosas que uno piensa que podría hacer y no hace: escribir un libro que hable de la degradación de nuestro ser contemporáneo. Y un poquito, al final, sobre el verdadero amor. (Quien lo haya leído sabrá lo que quiero decir).

España inventariada es una de esas cosas que uno piensa que podría hacer. Ya no está en el catálogo de lo posible. Aunque nunca llegue a ser un éxito, ya lo es en lo personal.  Aunque debo confesar que el gran libro que “podría” escribir aún está por escribir. Ojalá, algún día, tenga la capacidad suficiente para llevarlo a cabo. Y cada uno de nosotros con todos esos podría que configuran su propio catálogo de incompletudes. Por ejemplo, hacer un mundo mejor. Mientras, nos conformaremos con estas pequeñas conquistas individuales. E intentaremos, en la medida de lo posible, no pasarnos de lado sobre los muchos podría que a uno le vienen a la cabeza y que ciertamente merecen la pena vivir. ¿Podría hacer algo por alguien en este momento? Ciertamente sí.

Guillermo Gómez-Ferrer

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