La Patria de Pablo Iglesias

Hay palabras en completo desuso entre nosotros. Por ejemplo: patria; por ejemplo, España.

Hasta Mariano Rajoy las evita para que nadie le llame facha, ultra u otras lindezas por el estilo. Por eso, él suele hablar en su lugar del “Estado” (estao, dice el hombre), de “este país” y, como gran concesión, a veces se refiere a “la nación española”.

Es que nos hallamos ante el imperio de lo políticamente correcto, en el que unos términos son admisibles y otros no, en el que solo se lleva ser progre y en el que si, por azar, eres considerado conservador o de derechas eso resulta ser peor que tener la lepra o la gonorrea, dignísimas enfermedades, ellas sí, merecedoras de un trato decoroso y hasta de un día conmemorativo en su honor, seguramente.

En semejante contexto, la ventaja de Pablo Iglesias sobre sus adversarios políticos consiste en que su progresismo, izquierdismo, rojerío y tal resulta incuestionable, con bandera republicana incluida. Así es que él sí que puede hablar de “patria” y de “España” cuando quiera, sin tener que despeinarse. Y si lo hace no es por provocación, sino para dejar de asustar a sus oponentes, para evitar que corran despavoridos, para ampliar su base electoral con la que aventajar a un acomplejado Pedro Sánchez y que de esa forma permita a Podemos superar al PSOE, convertirse en el grupo político referente de la izquierda y, eventualmente, llegar a tomar La Moncloa por medio de las urnas.

Si, en cambio, a usted o a mí, querido lector, nos diese algún día por referirnos en público a la patria o a España, no dude de que alguien nos calificaría en seguida de ultras o de fachas. Pero es que, querido lector, ni usted ni yo somos Pablo Iglesias. Eso que salimos perdiendo.