Lo de la infanta no tiene (ab)solución

España es un plató delante de un juzgado, que tiende a ser un juzgado metido en un plató. Como ahí no rigen la presunción de inocencia ni otras virguerías de la ciencia jurídica, esto de la infanta Cristina va a acabar confirmando lo que todos los que ocupan silla en el plató han dicho desde el principio. Por decirlo eufemísticamente, va a corroborar que en España, y en su judicatura, “no se tiene lo que hay que tener” para condenar y meter en la trena a un miembro de la familia real.

Uno de los más visibles problemas de procesar en nuestro país a gentes de importancia, que han tenido o tienen influencia y poder, es que cualquier decisión judicial que no sea la condena pura y dura, y cuánto más dura mejor, se interpretará siempre como una genuflexión frente a “los poderosos”; como un enjuague ruin destinado a salvar el pellejo de un personaje que mueve los hilos adecuados para inclinar en su favor la balanza de la justicia.

Está pendiente, y tiene interés político, cultural e incluso antropológico, investigar las causas de esa desconfianza nuestra en que la ley sea igual para todos, pues un fenómeno tan sentido no ha podido nacer ahora, y debe tener origen en algún atavismo secular remoto. Pero los efectos de esa fiera y tozuda desconfianza son evidentes e ineludibles, por lo que no queda otra que augurar malos tiempos no sólo para la Infanta, sino también para el juez Castro.

Ya se ha producido un agudo contraste entre la expectación generada por la declaración de la hija del Rey y sus resultados judiciales. Algún juez, como Grande-Marlaska, ha tenido que recordar al inquisitivo personal del plató que la declaración de un imputado no suele ser un “elemento sustancial” del proceso y que lo relevante son “las pruebas”. Lo malo, ay, es que en las salas de instrucción televisivas las pruebas son vistas como un artilugio alambicado cuya principal finalidad es librar de castigo al canalla que lo merece.

Así las cosas, lo peor que les puede pasar tanto a la familia real como al juez Castro en términos de imagen pública es que la imputación de la infanta no desemboque en el banquillo. Cierto que aún puede suceder algo más desastroso, y es que juzgaran y absolvieran a la infanta Cristina. Porque, ¡huy, si te absuelven! La absolución, en estos casos, recuérdese el de Camps, no libra de ninguna sospecha: sólo las incrementa exponencialmente. En fin, debido a este desplazamiento de la justicia al plató, el poco prestigio que le reste a la justicia española depende ahora de que un juez de Palma haya atado y bien atado una imputación.

Cristina Losada