Locos por el cambio

Montesinos

Ha estallado la fiebre de los cambios, los nuevos tiempos, las reformas, las rupturas. Ya lo he comentado más de una vez. Adán está de moda y desde Felipe VI hasta el último tertuliano hablan de cambios, de iniciar un nuevo tiempo. ¿Pero de verdad tienen claro qué cambios se quieren hacer y hacia dónde nos llevan? ¿De verdad se quieren cambios o hacer apaños para mantener el status, tipo Lampedusa?

El gran cambio épico que Felipe González anunció con las elecciones de 1982 quedó en el rumor de que Alfonso Guerra llamaba por sorpresa a la ocho de la mañana a algunas oficinas ministeriales a ver si los funcionarios eran puntuales. Treinta años después los funcionarios siguen llegando tarde a trabajar. Y la LOGSE es la causa de la baja formación media española.

Pero  vuelve a hablarse intensamente de cambio. Se alumbra un nuevo tiempo dicen los tertulianos, los columnistas de postín y demandan los políticos de antes y los de después, quizá motivados por la parquedad que muestra la Moncloa ante cualquier brisa que mueva las estructuras.

Pero los cambios que se piden se limitan al final a las listas abiertas, el aborto, los gays y anular todas las decisiones tomadas por el PP de Madrid durante los últimos dos años. Volver al no cambio. ¿Qué nuevo tiempo se quiere alumbrar?

No he escuchado a ninguno de los adalides de los cambios hablar de un impuesto de sociedades a la europea que dinamizara la economía empresarial y garantizara más ingresos para la esmirriada Hacienda pública.

Ni de los cambios totales que hay que hacer en el magisterio español que arrastra decenas de años con un fracaso escolar vergonzante. Al contrario: ahí nadie quiere cambiar nada.

En la Comunidad Valenciana nadie se atreve a hacer un cambio revolucionario en el sistema de explotación y producción agrícola, que es una ruina.

¿Algunos de los que piden el gran cambio está dispuesto a plantearse el coste de la sanidad pública?  Es magnífica la asistencia sanitaria, ¿pero cuál es la relación coste/eficiencia?

¿Y la libertad de expresión? Usted puede meterse con el Rey, Rajoy y Zapatero, pero si lo intenta con Pablo Iglesias, Cayo Lara o Mónica Oltra es tachado de fascista. Está prohibido dudar de la honestidad y la financiación de la izquierda rupturista. Y mucho menos de los nacionalistas. Es todo tan absurdo que algunos hubieran preferido que el discurso del Rey fuera en catalán o vasco como muestra de los nuevos tiempos.

El falso mantra de que tenemos la generación más preparada de la historia impide plantearse la realidad de las universidades españolas. ¿Alguien está dispuesto a meterle mano a esa máquina de gastar dinero y fabricar torpes que es la universidad española? En absoluto. Es mejor incluso dejar el país en manos de analfabetos antes que reconocer los propios errores.

Y así una lista enorme. Pero los que hablan de cambio solo hablan de cuatro tópicos, porque nadie quiere meterse en un lío tocando estructuras anquilosadas pero integradas plenamente en el sistema social, político y económico español. Curiosamente todas las protestas que hay en la calle pretenden mantener status, no modernizar España.

¿Seguro que no se puede cambiar la estructura de la administración autonómica valenciana para reducir costes sin meterle mano a la sanidad, la enseñanza y lo servicios sociales? Seguro que si se puede hacer, pero el cambio se proclama para los ingresos ajenos, no para los propios o los gastos. Ni el PP ni la sucursal de Podemos quieren que cambien las cosas de verdad. Hay algunos que incluso quieren resucitar RTVV, que es el colmo de lo inútil y antiguo. Que todo cambie para que todo siga igual.

Los nuevos tiempos forman parte de la sociedad española. Se ven por todas partes. Hay un cambio porque se produce de forma natural, provocando rupturas a veces traumáticas, como pasa con los transportes, el comercio o la formación. Pero de esos cambios no se enteran los apóstoles de la revolución. Ni se enteran ni los quieren.

 

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