Los vendedores de flores

Acabamos de pasar Sant Jordi, que, como todo el mundo debe saber a estas alturas, es un santo catalán, que se celebra en Aragón y Castilla con otro nombre. Al que no le oscureció su halo de santidad la costumbre de matar moros, mucho menos -dónde va a parar- ecológicos dragones.

Sant Jordi, como todo el mundo sabe ya sin duda, hay que celebrarlo -se sea catalán o no- regalando un libro -¡bien!- y una rosa. No vale con el libro sólo, a no ser que el regalado sea chico, y ni eso, que ahora hasta los besos a los que Nino Bravo hacía -alternativamente al libro- acompañar a las flores son unisex. La víspera de Sant Jordi, al que algunos inmovilistas aún llaman San Jorge, salí a cenar con la dueña de mi voluntad a un recoleto italiano del centro de Valencia, en el que la joven que intenta atrapar clientes a su puerta te suelta de entrada una parrafadita en el idioma oficial de la península de la bota hasta que se imponga la cooficialidad del catalán en Napolés, como para garantizarte así la autenticidad de la comida que allí se sirve.

Nos convenció porque ya íbamos convencidos desde que, paseando días antes, intuimos la renacentista decoración del interior. Cenamos pues allí. Restaurante con dos puertas, malo es de guardar. Así que, haciendo uso de una de ellas, y antes de enfilar la segunda, se nos acercó un caballero indostánico tocado de cayado y armado de rosas. Vio una pareja, y allá que se abalanzó cual águila sobre descuidado conejo por la ladera del monte (haber puesto buitre en lugar de un beethoven-alado hubiera podido parecer racista, pero igual era más apropiado para ilustrar la escena).

Ofreció una de sus flores a la dama, que, como debe ser, rechazó casi ofendida la rosa que esperaba sin embargo que su pareja, osea yo, le regalara. Pregunté el precio, contraoferté un euro, aceptólo el asiático, y al completar el trueque quejóse éste de la escasa cuantía de su botín: pues es lo que hay, pues no es suficiente. Así que de inmediato deshice el intercambio, recuperando mi moneda y devolviéndole su fruto de primavera. Abocado al fracaso comercial ante mi firmeza revestida de noble dignidad, al final el malandrín aceptó el pago re-ofrecido refunfuñando en digo yo que derivado del sánscrito.

Y digo yo, otrosí: ¿por qué son tan malos los vendedores de pétalos engarzados en corolas soportados por cálices? Y contéstome sin temor al yerro: porque quieren sacar desmesurado partido de ti so pena de dejarte en evidencia ante tu amada, dando a entender que su compañía no vale más que un miserable euro en flores, lo máximo que estás dispuesto a pagar tras el consabido regateo (“¿regatearme una flor a mí, so miserable?”, intuyes que discurre tu acompañante), ni siquiera el euro y medio que demandaba con las malas artes descritas el semiandrajoso florista de ocasión.

Total: que si no accedes a sus pretensiones quedas mal con la chica. Si lo haces regateando quedas peor. Y si pagas la desmesura que te propone, entonces quedas como el capullo que ni siquiera sabe comprar capullos a otro capullo.

Vicente Climent
@vtecliment
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