No han entendido nada

Siguen sin entender; seguimos sin entender. El cambio social y político es mucho mayor de lo que parece. Ellos siguen a lo suyo. Hablando de castigo, hablando de victoria; sin ser conscientes que han herido de muerte a la democracia. Se miran entre desconcertados y condescendientes (el electorado no ha sabido comprender, nos falla el mensaje y un largo etcétera). Y no será porque no ha habido miles de señales de aviso. Ellos a lo suyo. ¿Dónde colocamos a futanito? ¿Dónde colocamos a menganito? En estas elecciones se ha visto la fragmentación: unos lo llaman la casta, otros lo caduco, algunos más allá bipartidismo y un largo etcétera. El voto se ha dividido entre lo antiguo y lo nuevo; entre el sistema y la renovación. Es difícil entender que un partido con 4 meses (Podemos) y un programa bastante similar al del partido menos casta de la casta (IU), pero casta al fin y al cabo, con sus consejeros en las cajas de ahorro, con sus corrupciones en sus ayuntamientos, con sus representantes en ese otro entramado de castas llamado sindicatos consiga un millón y pico de votos.

¿En qué se han cargado la democracia los partidos tradicionales? Evidentemente no en que haya más pluralidad –que la hay y más, si eso tiene algo que ver con mayor democracia- sino que una parte fundamental de la sociedad considera que aquel modelo; aquel estilo de hacer política “lo llaman democracia y no lo es”. ¿Pero no lo era?

España se fragmenta. Europa se desangra. Francia se estremece.

No han entendido nada; en España, en Francia, en Europa. Esperan que el desgaste de ser parte de la casta les haga semejantes. Pero ya no se lucha de igual a igual. Porque para una inmensa parte de la población “no les representan”. Han perdido su legitimidad. Y se lo han ganado a pulso. Sobre sus conciencias quede que fueron ellos y no otros; que fueron ellos y no Le Pen; que fueron ellos y no Podemos; que fueron ellos y no ERC quienes hundieron un modelo de estabilidad cuyo futuro hoy desconocemos. (Gracias PP, gracias PSOE, gracias IU, gracias CIU: porque habéis sembrado el abono para Dios sabe qué).

Uno observa el programa del Frente Nacional y entiende que haya arrasado si lo piensa en  clave de hartazgo.  Puestos a acabar con la Europa del relativismo moral, mejor alguien decidido que los demagogos del rancio comunismo francés. Sus votantes son los mismos: los obreros, los jóvenes y aquellos franceses que no ganan lo suficiente como salir de sus barrios periféricos de antaño y hoy semiguetos de una inmigración ajena a los valores de la república. Los extremos se tocan y por eso se repelen: izquierda radical y extrema derecha. Recuerdan a esos programas sociales y revolucionarios de Primo de Rivera que tanto tenían en común con la izquierda más extrema del momento: rechazo a una democracia dominada por el capital, defensa del obrero frente a la opresión liberal; sueño de un mando fuerte y colectivo frente al egoísmo del individuo…

Cien años después y Europa vuelve sobre sus pasos. Donde antes se hablaba de judíos hoy se habla de multinacionales financieras (que en no pocos casos tienen liderazgo judío); donde antes se hablaba de pernicioso liberalismo hoy se le añade un neo más salvaje, más actual; donde antes se hablaba de esperanza hoy se habla de auténtica democracia. Porque lo anterior ya no se considera como tal. Han conseguido algo realmente difícil. Que una mayoría enorme los considere justamente a ellos “partidos fuera del sistema”. ¡Qué paradoja! Los partidos de la transición ya no son símbolos de la democracia a la que aspira buena parte del electorado.

En “El tema de nuestro tiempo” Ortega y Gasset ya indicaba que no todas las generaciones; ni todos los pueblos están a la altura de su tiempo. Y ciertamente Europa no ha estado desde hace unos cuantos años. Ha dejado en la indolencia de un relativismo brutal; en la comodidad de la creencia de la inmutabilidad del sistema; en la pereza del sueldo inmerecido; en el abrigo de la adulación y el conformismo que se le fuera de las manos.

Recuperar la democracia es recuperar la confianza en la democracia; en que todos la representan. La tarea más urgente de los partidos de la “vieja” democracia es recuperar la legitimidad que han perdido. Pero siguen sin entender nada. Con sus congresos internos; con sus estructuras caducas; con sus nombres a sueldo. “Hemos ganado” dicen con voz impostada. ¿Cómo se puede decir algo así cuando se ha perdido el respeto de la abultada mayoría de quienes no votan o votan pensando que ya no son dignos de ser agentes del juego democrático?

Y un escalofrío recorre el mundo. Porque más democracia significan muchas cosas: significa para algunos, por ejemplo, la vuelta a que un país sea soberano para decidir sobre el destino de sus individuos (adiós Europa, adiós Schegen). Más democracia puede significar que el libre comercio es la victoria del poderoso (las multinacionales) sobre el comerciante local. (Fuera tratados, fuera competencia, nacionalización de determinados sectores). Más democracia puede ser también que no se acoge a las personas sino a los ciudadanos y que un inmigrante ilegal no llega a tal condición por sí mismo y por tanto no merece los beneficios de un estado en el que no se integra. Todas estas cosas y muchas más caben en un discurso como el del Frente Nacional o de cualquier otro partido que se arrogue la representación del “nuevo tiempo”.

En sus ejecutivas, en las ejecutivas de los partidos caducos, seguirán hablando de que falla el mensaje, de que es un castigo por los recortes y un largo etcétera. Pero la realidad es que no han entendido nada. Varios años después del 15M; varios años después de las primeras señales de alerta siguen sin entender nada. Y la responsabilidad de todo lo que suceda será de ellos; exclusivamente de ellos. Mientras, los representantes de cada una de las familias políticas de cada partido volarán en Business a Bruselas para firmar la nueva nómina.

Uno desea que nuestro país haga de su “nueva” democracia una gran democracia. Que todo lo nuevo que acaba de venir o está por hacerlo sea realmente bueno (y espera de corazón que así sea). Pero viendo lo que sucede más allá de las fronteras y leyendo algunos programas de partidos ya elegidos, un escalofrío le ensombrece. Comienza a no haber vuelta atrás.  No será porque no se les está avisando. Pero no entienden nada. Siguen sin entender nada.

Guillermo Gómez Ferrer

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