¿Qué nos falta para salir de ésta?

Las señales de que estamos ante un agotamiento social se suceden. El liberalismo y su concreción individualista nos hizo creer que cada uno debía velar por sus actos. Al ser uno responsable únicamente de sus consecuencias éstas no tenían un impacto en el conjunto de la sociedad. Pero lo tienen y grande. Me refiero no al impacto derivado de las mismas –por ejemplo hurtar recursos para algo por favorecerse a sí mismo, caso de la corrupción- sino como modelo y legitimidad. Que un político robe no sólo afecta a dicho político, sino a la legitimidad de la política. Y lo mismo con los abusos de un sacerdote, la corrupción empresarial, la indolencia y la queja funcionarial, el partidismo cultural, la incompetencia sindical, la arbitrariedad judicial y un largo etcétera. Los errores de cada uno de los miembros de un ámbito afectan al conjunto de personas del mismo, y finalmente a la percepción de nuestro modelo social en general.

Ya no hay sector que se salve. Esto es lo grave. La sensación de que todo está podrido se extiende. Este post surge de la noticia de la acusación al diseñador Francis Montesinos por presuntos abusos sexuales. Es un símbolo más del desmoronamiento de todo un proyecto social que es especialmente significativo en la Comunidad Valenciana donde una gran parte de sus referentes han mostrado –como se decía cuando éramos pequeños- que vivíamos en una sociedad aparentemente  gigante pero con pies de barro.

Uno tiene cierta sensación pre revolucionaria. Como si todo el modelo actual perteneciera a un Antiguo Régimen que ya no nos vale. Una sociedad caduca. Un proyecto agotado. Un devenir zombi apenas sustentado por la zanahoria del bienestar económico. Es, justamente, cuando las aguas de lo económico han bajado, como una marea que se retira, cuando hemos podido ver sobre qué suelo se asentaban nuestros pies. Muchos han podido comprobar lo que antes, cubiertos por la aguas de la prosperidad, no era perceptible. Aunque las aguas vuelvan, una gran mayoría ya ha podido cerciorarse de qué está hecho el fondo. Algunos volverán a nadar despreocupados, pero tengo por cierto que no todos se conformarán con ello. Yo por lo menos no.

Decía que tenía esa sensación de estar ante un Antiguo Régimen en decadencia pero lo que no encuentro por ningún lado es el proyecto sobre el que construir el nuevo. No hay una nueva ilustración. Y hoy es más necesaria que nunca. Si un régimen cae o más bien para que un régimen caiga es necesario luchar por construir uno nuevo. Y ese nuevo no está. No vale decir queremos más democracia;  o queremos una República. Es algo mucho más gordo, mucho más global y mucho más completo. En esto, vivimos una gran diferencia con la anterior transición española. Ahí estaba claro que se trabajaba por pasar de una dictadura a una democracia y de ahí a una sociedad “moderna”. Hoy no sabemos ni lo que significa “moderno”. Porque lo moderno es lo caduco de hoy.  Es como si las guillotinas –conceptuales, no confundamos- estuvieran ya presentes, pero no hubiera nada con lo que reponer después.

Esto depende de dos factores sumamente importantes: el proyecto intelectual y el liderazgo moral. En esta cuestión, si ha habido alguna institución con los reflejos rápidos ha sido, curiosamente, la Iglesia Católica, que en el liderazgo del Papa Francisco por un lado y en la reflexión intelectual de su antecesor ha cogido al toro por los cuernos. No me cabe duda que la abdicación del Rey de España va por el mismo camino. Está por ver el resultado.

Sin embargo, la Iglesia es una institución que tiene sus propias reglas y sus propios ámbitos de actuación y que puede ser referencia, sí, para el mundo no creyente, pero no el pilar en el que se apoyen todos los miembros de las sociedades plurales contemporáneas.

Y es que lo que nos falta es un proyecto de futuro. Hoy se necesita más que nunca el mismo liderazgo filosófico que en siglos pasados permitieron –con todos sus errores- recomponer una situación que por sí misma era insostenible. Necesitamos un liderazgo que en lo antropológico nos lleve a considerar a los seres humanos algo más que mera mercancía de consumo, mera materia sin vocación de sentido; necesitamos un liderazgo en lo económico que fije alternativas que permitan salir de la focalización en el dinero como único motor de la existencia; necesitamos liderazgo en lo político que redefina el modelo democrático más allá de endogamias y vivencias ajenas a la realidad; necesitamos liderazgo educativo que nos enseñe a crear un nuevo mundo; necesitamos…. Necesitamos tantas cosas. Necesitamos un nuevo proyecto filosófico que tenga la consistencia de hacer una sociedad más justa, más libre, más feliz incluso.

Soy muy escéptico con las utopías y los proyectos planificados. Por eso, creo que toda reflexión debe ser una reflexión de principios. Y que éstos se implementen sobre la base de la realidad y no de la mera planificación. Sin ellos –sin estos principios- estamos abocados a continuar en la agonía del Antiguo Régimen. Por muchos años: que es en lo que estamos.

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