Un barrio con fábrica de ácido sulfúrico

El día 3 de enero de 1975, los periodistas que hacían habitualmente la información municipal, entre los que se encontraba la actual alcaldesa, Rita Barberá, se quedaron con los ojos como platos al leer el contenido de una contundente resolución de la Alcaldía, que decía así: “Conminar a Sociedad Anónima Cros y a Industrias Químicas Canarias para que en el plazo de quince días presenten el correspondiente proyecto técnico con memoria adjunta indicando la aplicación concreta sobre la factoría de las siguientes medidas correctoras: mejoramiento de las condiciones de los procesos de fabricación del ácido sulfúrico, para reducir las emisiones; recrecimiento de chimeneas para lograr una mayor dispersión de contaminantes; instalación de scrubbers para efectuar lavados de los gases de cola, y cualquier otra medida que reduzca la contaminación”.

Se había atrevido. El alcalde de Valencia, Miguel Ramón Izquierdo, armado de sólidas razones jurídicas y técnicas, había tomado una decisión. Después de muchos meses de quejas de los vecinos, consumida ya su larga paciencia, el alcalde admitió que las protestas estaban basadas en la realidad que le confirmaban los servicios de laboratorio y sanidad del propio Ayuntamiento: la contaminación atmosférica de las dos plantas químicas era insufrible y desde luego ilegal.

Los periodistas, en cuanto pudieron se reunieron con el alcalde, que les habló del estudio hecho en la zona. “Se deduce de dicho estudio – dice “Las Provincias del 4 de enero de 1975 – que existe un grado de contaminación suficiente como para justificar la adopción de medidas correctoras , aunque ambos dictámenes, paralelamente, coinciden en que la única solución definitiva del problema es la erradicación de las plantas industriales”. Los dictámenes del laboratorio municipal y de los servicios médicos del Ayuntamiento fueron demoledores.

Cuando hablamos del Camí Fondo del Grao, estamos hablando de una carreterilla llena de baches que discurría por zonas imprecisas de huerta y de la que ahora queda solo un pequeño tramo final. Su recuerdo ha quedado enterrado, en el siglo XXI entre la avenida de Baleares y la de Francia, que en 1975 existían en los planos pero no estaban consolidadas como zonas nuevas de la ciudad. En realidad, el suelo comprendido entre el propio Camino y el rio Turia era un territorio contaminado y pestilente donde se levantaban al menos tres industrias muy contaminantes: Noguera, Cros y Químicas Canarias.

¿Cómo se podría estar fabricando ácido sulfúrico a menos de trescientos metros de la avenida del Puerto? ¿Es posible que hubiera fábricas de ese tipo de contaminación en  áreas netamente urbanas? En el Ayuntamiento se miraba con mucho recelo la actividad de Comisiones Obreras y el clandestino Partido Comunista en el trasfondo de las “movidas” organizadas por los vecinos. Pero la verdad era indiscutible: en la zona, en el aire, había “anhídrido sulfuroso”. De modo que la nota informativa municipal hablaba de “contaminación de óxido de nitrógeno no detectable con los medios de que hasta ahora disponía el Instituto de Física Corpuscular y el propio Ayuntamiento, que ahora le ha sustituido en la tarea de medir los niveles de contaminación”.

Todavía quedan en pie algunas de las naves industriales de aquellas plantas químicas. Lo que queda de la Cross lucha ahora contra el vandalismo urbano. Y la realidad es que el alcalde Miguel Ramón Izquierdo las sentenció, aunque intentaron colocar medidas correctoras urgentes.

Casi cuarenta años después, lo que fue zona contaminada es ahora una de las áreas más selectas y hermosas de la nueva ciudad de Valencia. La prolongación de la Alameda y la avenida de Luis García Berlanga, con sus nuevos edificios, han hecho desaparecer las casitas de la antigua Senda de Carmona y las industrias contaminantes. También ha desaparecido la fábrica de Gas Lebón, que tenía fachada a Pintor Maella. Dos centros comerciales, El Corte Inglés y Aqua, lideran el extraordinario cambio que ha habido en una zona donde la avenida de Francia era apenas un nombre creado en torno al antiguo trazado de la vía férrea de Barcelona.

De todos modos, en la prolongación de la Alameda, entre los puentes del Ángel Custodio y del Reino, podremos encontrar dos hermosas chimeneas de ladrillo. Son el mejor recuerdo de una orilla izquierda del Turia que, casi hasta el mar, era el peor escenario de una ciudad que aspirara a un modelo de vida sano.