Una vida “como si”

Me gusta ir al campo de fútbol con mi hijo. Me gusta el rito de ir juntos. Llevarnos nuestro bocadillo (de tortilla) y algo de picar, y sentarnos a disfrutar (cuando se puede) del partido. Nos vemos con otros amigos que se ubican a nuestro lado. Mi relación con el fútbol es ambigua. No soporto las noticias sobre fútbol y sus banalidades. Me exasperan las declaraciones vacías de los jugadores. Me indignan las ayudas públicas y el dinero desorbitado que mueve mientras se deja de pagar lo que ninguna pequeña empresa o particular podría dejar de pagar sin ser duramente sancionado. Pero me gusta su belleza plástica. El juego colectivo. La técnica y el gol. Y sobre todo, ir al campo tan bien acompañado.

Desde mi asiento observo a los jugadores. Y acepto esa condición de vivir que se ha convertido este vivir, y que se resumen en algo así como “toda vida es una vida como si”. Es decir, que conocemos el engaño pero lo asumimos, como si no existiera. Y así sabemos que ciertamente a los jugadores ser del Valencia o del Madrid, da igual, les es tan irrelevante como cualquier otra cosa. Este formar parte del sueño de una afición dura lo que dura su contrato con el club. Aceptamos, pues, que son como si fueran tan del propio equipo como si fuera uno mismo. Y apenas sentimos bochorno cuando se presentan como último fichaje con la bufanda del club, como si realmente, éste fuera su club. (No hay excepción a este hecho, por mucho que se sea de la cantera. Porque si hubiera mejores condiciones –de salario, reconocimiento, trato a la familia- el jugador cambiaría de equipo como cambian todos).

El juego es un juego de engaños aceptados. Jugadores, entrenadores y demás personajes que van y vienen. Algo parecido a lo que sucede con la publicidad y el consumo. Sabemos de antemano que comprar ese producto, que vivir esa experiencia, que viajar a ese destino, que comer en ese restaurante, sólo llenará una parte muy ínfima y por un espacio de tiempo muy determinado de nuestra vida; puesto que ésta se fundamenta en aquello que la dota de sentido y que poco tiene que ver con el hecho de comprar, poseer y consumir. Pero jugamos ese mismo juego como si realmente fueran a llenar todo lo que nos falta. Es un como si que se sucede cada día, una especie de: sé que todo esto es mentira, pero a pesar de todo, prefiero creer, porque vivir sin creer, sin aceptar este juego, resulta realmente agotador.

Y en este vivir como si nada del todo fuera real, pero aún así vivirlo para no tener que aceptar que formamos parte de una rueda que nos tiene atrapados, es en el que nos construimos como personas. Somos diseñadores, profesores, periodistas al servicio de un amo (el consumo) que actúa como ese como si –como si contribuyésemos a generar felicidad o riqueza cuando sabemos que realmente es nuestra mera supervivencia-. Estamos al servicio de un poder que nos domina. Un poder del que no hay escapatoria. Un poder cuyo único fin es la existencia de dicho poder y sin el cual todo apunta al caos y la desesperación. No enseñamos, no comunicamos, no creamos belleza: apuntalamos un sistema que nos necesita para sobrevivir. Necesitamos vivir como si; como si nuestro trabajo tuviera un sentido en sí mismo. Cuando en realidad su sentido está al servicio de algo mucho mayor.

Todo tiene una aire de ficción. Se asemeja a esas películas o esas novelas cuya historia sabemos que son mera invención pero que nos conmueven en nuestros más profundos sentimientos. Es un juego de espejos en que lo real, en ocasiones, nos deja mucho más indiferentes que aquello que ha sido calculadamente diseñado para hacernos llorar o reír, puede que también sufrir.

Y en este vivir como si no nos deja más remedio que apretar los dientes y seguir adelante, porque de no ser así, sería imposible sobrevivir ante la cruel realidad de un mundo más hipócrita de lo que imaginamos. Agitamos las bufandas en el campo, compramos los productos bellamente presentados, nos levantamos cada mañana para desarrollarnos en nuestro trabajo y todos caminamos por la acera como si; como si fuera esta vida una vida real. Aunque, de vez, en cuando, salimos de la historia –como ante una película- y nos observamos en nuestra inocencia aceptada. Pero seguimos hasta que baje el telón.

Guillermo Gómez Ferrer
http://espensamiento.com/