Aquellos veranos en los palacetes

Lunes de junio. Nueve de la mañana. Media docena de percherones reciben sesiones de ‘coaching’ en los lindes de Valencia y Burjassot. Dos hombres dirigen las lecciones a los animales, divididos en sendos grupos de trabajo. El ‘coacher’ más veterano guía a cuatro de sus aprendices por la pista de tierra, espolvoreada de neumáticos. Marcan el trote al unísono, ajenos al desfilar perenne de vehículos por la cercana ronda norte. De vez en cuando, los hombres bajan de sus carruajes y añaden unos cuantos pedruscos a las ruedas que arrastran los equinos. Es un trabajo duro y en equipo. Las vueltas se suceden para ejercitar musculatura y mente en este ovalado circuito, distante más de ocho kilómetros del trazado urbano y marítimo de la F-1.

Es una zona de ‘coaching’ campestre nacida en el hueco que ha dejado la especulación urbanística y el raquitismo de las arcas públicas y privadas. Lo que fue huerta e iba a ser suelo urbanizable terciario con el nombre de ‘sector Ter-2’ es ahora un artesanal campo de entrenamiento para el tiro y arrastre. «Ací volien edificar i al final no han fet res. I nosaltres li hem donat profit», nos explican los ‘coachers’ autóctonos. Como de puntillas, el campanario de la Iglesia de San Miguel Arcángel se asoma entre las fincas cercanas. «Ací no molestem a ningú i ningú ens molesta». Ley universal de la vecindad perfecta.

Los caballos descansan y sus amos les animan a posar frente a la cámara. Son percherones de entre 6 y 8 años, llegados de tierras de Navarra y el Valle de Arán. «Son muy delicados, estos necesitan más cuidados que yo», comenta sonriente su instructor. No son buenos tiempos para el tiro y arrastre. Un deporte tradicional y federado que ha perdido subvenciones oficiales. «Si guanyes, te donen 80 euros», afirman resignados. Los pupilos de Ecclestone tienen más pedigrí.

Pero los equinos y sus dueños no son los únicos que han sabido sacar provecho al abandono urbanístico. En el mismo ‘rogle’ y al abrigo de una rotonda, un vecino de Benicalap nos recibe en su huerto urbano. Por 50 euros le compró a un tercero los ‘derechos reales’ de un campo donde cultiva calabazas y otras hortalizas. «Después de hacer la rotonda, dijeron que todo esto desaparecería. Unos se fueron y otros aguantamos». No es dueño legal pero disfruta de un usufructo que nadie le reclama.

Dejamos atrás rotondas y pasarelas. Las vías del trenet y la ronda norte con sus afluentes de asfalto han terminado por estrangular los tradicionales lazos que unían la capital con su pueblo vecino por la avenida de Burjassot, que expira ahora en una curva al alcanzar el número 303. Sepultados quedan aquellos anhelos metropolitanos ahora recién desempolvados por un alcalde jubilado. En esta lenta agonía dos edificaciones singulares, hermanadas por una vecindad a tiro de piedra, envejecen presas del abandono. Son residencias de principios del siglo pasado para los ‘senyorets’ de la capital, que buscaban reposo y paseos ajardinados con el ferrocarril a mano. En el cap i casal, el Casino del Americano (conocido por los mayores como Huerto de Burriel y ‘Saudi Park’ por las generaciones recientes); al otro lado del término, el Chalet del Rosal o de Garín, llamado también ‘Palauet de l’Empalme’, por su cercanía al cruce de caminos férreos.

En un plano de los años 40 descubrimos la línea recta que unía los dos palacetes con el nombre de avenida de Adolfo Beltrán. Frente al Chalet de Rosal -de estilo neomanuelista- se situaba la ya desaparecida cementera, que se distingue en el mapa con su sala de máquinas, sus tres hornos, los silos, la portería y hasta el retrete. A su trasera, la estación del Empalme, envuelta entre cobertizos, corrales y canales de riego. La minuciosidad del delineante llega hasta el detalle de marcar los estanques y el umbráculo. Ahora, la sombra se la dan cuatro edificios de una zona residencial inconclusa y con decenas de pisos en venta.  El chalet de Burjassot, con su bello torreón y miradores a los cuatro puntos cardinales, agoniza protegido por ley y abandonado a su suerte.

Igual destino se presume para el Casino del Americano. El Ayuntamiento de Valencia lo expropió hace unos años y su futuro se ha diluido por completo, a la espera de tiempos mejores. Se ha quedado en tierra de casi nadie. Su nivel de protección administrativa ha disminuido a causa de la plaga de incendios, expolios, ocupaciones, robos y plagas que ha sufrido el edificio y su entorno. Quizás el treintañero Parque de Benicalap acabe de engullirlo algún día y perdamos el hilo de un pedazo de nuestra historia. Siempre nos quedarán imágenes y mapas para recordar la genealogía de nuestra ciudad, como el citado plano de los años 40. En él encontramos las barracas del Maño y del Gall, escoltando el Palacete de Burriel, con sus huertos, balsas, torreón y cenador. Seguimos el dedo índice sobre el plano y regresamos al barrio por el trazado del ‘Ferrocarril Eléctrico de Liria a Valencia’, pasando por huertos, sendas, corrales, secaderos, fabricas de curtidos, la Fábrica de pastas Tuset, La Ceramo, el cine Boston, la acequia de Rascaña, la Estación de Marchalenes, la fábrica de aceites..

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