Contracrónica de los Premios Jaime I: entre la Ciencia y la decencia

Será seguramente porque estamos en crisis, y los hay que todavía no se creen que la época de los recortes ha acabado. Porque si no no es fácil entender cómo tantos y tan cualificados intervinientes -cada uno desde un punto de vista distinto a los demás- abogaron este martes en la Lonja de Valencia por el mantenimiento de las ayudas a la Ciencia. Como si las que quedan estuvieran en peligro.

Lo hizo, claro está, la secretaria de Estado, Carmen Vela, entusiasta de la “colaboración público-privada”. Lo hizo la portavoz de los premiados, Lina Badimón, loando a la Ciencia como motor del mundo. Lo hizo Vicente Boluda en nombre de la Fundación que organiza los premios, remontándose a las etapas primeras de la formación para las que abogó por un sistema educativo consensuado que dé armas a nuestros jóvenes para evitar su emigración. Lo hizo Manuel Marín, el expresidente del Congreso, que, ahora en nombre de los patrocinadores, aseguró que “no existe futuro si dejamos de lado a los sabios”. Lo hizo el presidente Alberto Fabra anunciando un Programa de Transferencia de Capacidades Investigadoras en la Comunidad Valenciana especialmente dirigido a empresas mediante el que intermediar con las universidades y los organismos investigadores de la Comunidad. Lo hizo la alcaldesa Rita Barberá, contraponiendo el impulso de la ciudad a estos premios a las “muchas críticas injustas” de las que los valencianos estamos siendo objeto.

Claro que no en todo hubo acuerdo. Mientras Boluda calificaba a los Jaime I como “los mejores premios de España en su género”, Marín los dejaba varios peldaños por debajo al decir que son “probablemente de los más prestigiosos que existen en España”. Ni seguro, ni los más. Tampoco muchos de los premiados por no decir todos -estoy seguro de ello porque conozco suficientemente el mundo de la ciencia- habrán estado de acuerdo con Fabra cuando desmerecía la investigación básica (esa que se empieza sin saber adónde se va a llegar, pero que siempre llega a algo) en aras del pragmatismo de la ciencia que “se concrete en patentes”.

Será seguramente porque estamos en crisis, y los hay que no se creen que la época de los agravios ha acabado. Pero las reivindicaciones del honor del pueblo valenciano también han sido abundantes. A las “críticas injustas” contra las que se rebelaba la alcaldesa, se sumaba Vicente Boluda calificando al valenciano de “pueblo trabajador, decente y solidario”. Justo tras escuchar a Manuel Marín, recordando no sólo a los valencianos -espero- que “se nos reclama volver al camino de la decencia”. Hasta ensayó un desagravio a los valencianos la reina Sofía, prudente como siempre, calificando a Valencia de “hospitalaria y emprendedora”.

Aunque la propia Valencia no siempre se hace de valer lo que debiera. Llama la atención, por ejemplo, que, habiendo dos valencianos entre los seis premiados, la portavoz de los galardonados fuera una catalana. Seguro que en Barcelona hubiera sido difícil el caso contrario. Claro que también era la única mujer premiada, y la única que dijo alguna palabra suelta en valenciano (con marcado acento del norte), más una averiada -“cónyugues”- en castellano.

Por cierto, que, aunque nos sorprenda, los premios se llaman “Jaime I”, y no “Jaume I”, a pesar de que el presidente Fabra optara por la segunda opción. Fue el único. Grisolía, en otro tiempo, se lo habría afeado. Esta vez el viejo profesor bastante tenía con caminar escoltado por un bastón que no apoyaba en el suelo. “Y eso don Santiago?”, “es que el otro día me caí y lo llevo por si acaso”. Por si acaso llevaba también Fabra una mención en su discurso a la lucha contra la violencia de género. Que finalmente no pronunció al ver que nadie de sus predecesores (en el uso de la palabra) -entre ellos tres mujeres- hacía referencia a la conmemoración del día.