Los europeos se han desfogado, ¿y ahora?

Nunca unas elecciones europeas habían suscitado tanta atención, especulación y espectáculo, todo hay que decirlo, como éstas que se celebraron el domingo 25 de mayo. Hasta este 2014 de nuestros pecados, la elección del parlamento con sede en Estrasburgo suscitaba un interés perfectamente descriptible en los medios de comunicación, el electorado y demás familia. O sea, un interés que en un termómetro marcaría algo próximo a cero grados. Ni frío ni calor.

Las europeas solían verse, antes que otra cosa, como un trámite burocrático de tantos (burocracia es un término muy asociado a la Unión Europea), como un asunto cuasi protocolario, como una formalidad que no podía despertar, ni de lejos, la intensidad pasional de unas elecciones generales. Yo hubiera dicho que las europeas generaban menos efervescencia que las juntas ordinarias de las comunidades de vecinos. Pero esta vez ha sido un poco distinto.

El elemento distintivo, aquello que ha llamado la atención y ha dado el espectáculo, lo ha puesto la aparición en Europa de una fuerte corriente populista, que no se reduce ni mucho menos a partidos situados en la derecha, como el de Le Pen, sino que se extiende a partidos ubicados en la izquierda, como la griega Syriza o el grupo español Podemos, y a otros de más difícil clasificación ideológica, como el italiano Movimiento 5-Estrellas del cómico Beppe Grillo.

Por encima de los rasgos y de las apariencias diferentes, por encima de la dicotomía izquierda-derecha, los populistas tienen mucho en común. Todos ofrecen una retórica que da satisfacción a los “indignados” por la crisis, y unas propuestas, llamémoslas así, falaces, irreales, inviables y, además, contradictorias entre sí. Por ejemplo, son capaces de proponer que España deje de pagar la deuda y al tiempo incremente el gasto público. Esto es perfectamente imposible, pero ahí tenemos a un millón y pico de votantes apostando por cumplir esa fantasía en una especie de Disneylandia totalitaria.

Los populistas de todas las tonalidades ideológicas han hecho grandes avances en estas elecciones. Ellos han capitalizado el descontento por la crisis mejor que nadie. En Francia, Reino Unido y otros países, son claramente eurófobos: achacan los males a la UE y al euro, y quieren acabar con la pertenencia de su país a la Unión. En España no ha habido corriente eurófoba digna de notarse; aquí ha bastado con el enemigo interno. Los males se le imputan al establishment político nacional, no a Bruselas.

El problema del populismo es que sólo sirve de desfogue. Y mejor que se limite a eso. Yo barrunto que no le va a sentar bien el paso de los mítines y de los platós de televisión, a los escaños de un parlamento. Aunque se trate de un parlamento tan poco determinante como el europeo.