Contra la Revolución

Todos nuestros jovencitos y talluditos que sueñan con echar desde la calle a gobiernos democráticamente elegidos, que preconizan la ruptura como forma de cambio político y desdeñan la tibieza del compromiso, que están fascinados por el mito de la Revolución y creen que las revoluciones son como las fiestas, todos estos, en fin, conviene que miren con atención lo que sucede en Ucrania.

No diré que allí se ha producido una revolución. Tengamos un poco de rigor. La revolución, en la mejor definición que conozco, del historiador Jacques Barzun, es una transferencia violenta de poder y propiedad en nombre de una idea. Sólo muy parcialmente ha ocurrido eso en Ucrania. Pero la forma rupturista en que tuvo lugar el cambio de gobierno ha propiciado una situación de grave riesgo para la convivencia, para la unidad del país, para la vida y la hacienda de muchas personas, y para la economía.

Las “revoluciones de terciopelo” son, en realidad, transiciones pactadas. Son cambios de régimen que se producen suavemente, sin demasiadas alteraciones y sin grandes traumas, gracias a que los que se van y los que llegan logran ponerse de acuerdo para pasar esa página de la Historia sin caer en el enfrentamiento civil, en la revancha o en cualquier otra de las tentaciones violentas que aparecen siempre en estos cruces de caminos. Y aún así, hay incidentes violentos, porque ningún país está libre de búnkeres y de revolucionarios.

Ucrania no estaba exactamente en la encrucijada entre dictadura y democracia, pero su caso sirve para ilustrar sobre los peligros de esas rupturas, forjadas en la calle, que gustan tanto a ciertos jovencitos y talluditos y, ante todo, a las cámaras de televisión. El combate con su épica, sus héroes, su sangre y sus lágrimas, queda muy bien en la pantalla, pero es una terrible experiencia en la que se muere de verdad. Los manifestantes aparecen en las películas como la voz del pueblo, santa, inocente, sin maldad, pero quienes salen de ahí con mayor poder son los más extremistas, los que están dispuestos tanto a morir como a matar, los puros que no aceptan pactos y rompen acuerdos.

Escribo estas líneas pensando en la Transición española, porque igual que ayer fue mitificada, hoy está muy despreciada, y parece moda tener algún comentario desdeñoso para ella. De modo que cumple sostener una vez más que aquel apaño, aquel “enjuague”, tuvo la virtud de librarnos del sucio caos de las rupturas a pelo. Del caos de la revolución, por mal decirlo. Del caos que otros, menos afortunados, están padeciendo.

Cristina Losada