Las paredes de cristal

Releía hace unas horas, no sin cierta melancolía, una de las entrevistas concedidas por Amadeo Salvo a principios de temporada, precisamente en presencia de Valencia News. Eran otros tiempos. Era el arranque de una nueva etapa, los primeros partidos de la actual campaña, el inicio de un nuevo camino con caras nuevas en la presidencia, la directiva, el departamento de marketing, el vestuario, el banquillo… Jornadas más ilusionantes que las actuales, al menos sobre el papel. La temporada era un bloc de notas en blanco y la estilográfica volaba deprisa escribiendo versos diarios. Apenas un borrón o dos aparecían sobre el folio. Nada grave. El pulso era firme y la redacción, más que aseada.

Pasados unos meses, con el cartucho de tinta todavía a medias y sin un desenlace claro en el horizonte, el caso de Otamendi y la gestión de este asunto en el Valencia me han recordado a una de las frases que más he escuchado al presidente del Valencia desde su llegada:

Cualquier cosa que hagas tiene mucha trascendencia. El fútbol es una casa con las paredes de cristal, así que debes tenerlos muy limpios para que se vea transparente.

Echo de menos al Amadeo Salvo de principios de temporada. El futbolero. El que quería llevar a cabo un proyecto deportivo en el club del que es fan acérrimo desde pequeño. El que hizo llorar de alegría a un seguidor en Alemania con un detalle que el hombre nunca olvidará. El giro en los últimos tres meses hacia el Amadeo Salvo jugador de póker en una partida al más alto nivel con tahúres de currículum contrastado -los políticos valencianos, los banqueros madrileños- ha desvirtuado en cierta medida la otra parte de la ecuación. Lo social y lo deportivo son, en el caso del Valencia, dos caras de la misma moneda, mucho más entrelazadas que en otros clubes. Un ejemplo paradigmático: es imposible tener una estabilidad y cierta paz en el ámbito deportivo cuando el ruido de sables en lo societario supera los decibelios recomendados, como ocurrió en diciembre o enero.

Otro ejemplo, al hilo del fichaje de Otamendi, ahonda en la enloquecida dualidad en la que vivimos. En pleno proceso de penuria económica, el Valencia se la saca -la billetera- y afloja 12 ‘kilazos’ por un defensa central. Bien. Apenas unas semanas después de que la soga de la tesorería apretase el cuello de la entidad sin llegar a ahogar, el presidente viaja a Portugal para verse las caras con el Lendoiro luso, el señor Pinto da Costa. Duro negociador, fama bien ganada. Un tipo que sería capaz de besar la mano a una princesa y, disimuladamente, llevarse de recuerdo un par de anillos engarzados en su dentadura.

Como el valor al guerrero, el trabajo se le presupone a Rufete y compañía. Han currado un huevo, caballeros. Pero ojo, directores deportivos anteriores también. Cada uno a su estilo, cada uno con su ración de esqueletos asomando la cabecita del armario. Braulio acumuló unos cuantos en tres años y medio. El caso de Otamendi y las 48 horas de reflexión que el club se tomó para emitir un comunicado sobre el fichaje del futbolista deben ser ponderadas y valoradas en su justa medida. El Valencia ficha a un central muy bueno, con mucho futuro, cuya cotización podría dispararse si cuaja un buen Mundial y que cubrirá un déficit evidente en el centro de la zaga. Estas cuatro valoraciones son objetivas.

Como también lo son que, desde ayer, hablamos oficialmente del defensa más caro de la historia del club; o que pagar 12 millones más 3 en variables -y cuidado con Da Costa, que es capaz de ‘colarte’ una enciclopedia en un ‘post-it’ pegado a la última página del contrato- es un auténtico pastizal, especialmente si tenemos en cuenta la situación económica del Valencia o que el jugador podía firmar libre por cualquier equipo dentro de doce meses. O que has fichado a seis meses vista cuando la necesidad de reforzar la zaga es inmediata. O que una lesión o una mala actuación en la Copa del Mundo bajarían su cotización en el ‘mercato’. O que el compromiso de pago por esta contratación puede suponer, dependiendo del ganador, una hipoteca inesperada para aquel que finalmente compre el club

Entrar en valoraciones cuando todavía quedan muchas incógnitas a las que responder respecto a este fichaje sería temerario, aunque a muchos nos lo pida el cuerpo. Obligaría a entrar en terreno de la hipótesis, aunque la generación de dichas hipótesis obedece por regla general a la ausencia de información diáfana que poder contrastar. Las paredes de cristal a las que apelaba Salvo salieron a escena hace un par de semanas, cuando la “transparencia” volvió a ser el argumento fundamental para justificar la asamblea informativa ante los socios y accionistas. Unas paredes de cristal que se han ahumado y opacado en los últimos días por un fichaje con demasiadas aristas que todavía no han sido explicadas.

Y la mayoría de ellas no son producto de sesudos análisis periodísticos ni de reflexiones profundas. Son preguntas que el aficionado de a pie, ese al que el fichaje de Otamendi le mola -a mi también me mola- se hace en voz alta: “¿Dónde va a jugar el chaval hasta junio? ¿Por qué se fichó a más extracomunitarios de los que se podían inscribir? ¿Ha tenido Mendes que ver en esta operación? ¿Por qué el Oporto dice que el Valencia tendrá que decidir dónde cede al chaval, y el Valencia afirma todo lo contrario?”

Y la más importante: “I això… qui ho paga?”

 

Paco Polit (@pacopolit)

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