Orgullo de oro y brillantes

Hace más de una década fui uno de esos 50.000 afortunados que vivieron ante el Leeds (3-0) una noche de épica y emoción que, por desgracia, no se repetiría en muchos años. Quizá la semifinal copera ante el Barça en 2008 se le aproxime, pero ni punto de comparación. Lo acaecido aquel 8 de mayo de 2001 fue una apoteosis tal que, con el tiempo, ha llegado a borrar de nuestra memoria detalles como las olas en la arena. Por eso apenas nadie recuerda que el primer gol de Juanito Sánchez al equipo inglés fue un remate con la mano digno de Rafa Pascual. Una minucia, un detalle sin importancia.

Los ganadores escriben la historia. Los perdedores se joden y punto. Nadie en Sevilla reparará en el monumental atraco padecido por el Valencia hace una semana, ni en el hecho de no haber podido contar con el mejor delantero del equipo por una indigna acción antideportiva de un Beto que ha entrado con grandeza en el panteón de los enemigos públicos número uno de Mestalla. Provocador como pocos, el arquero retó a la grada durante toda la velada. Incluso cuando recogió el balón del fondo de su portería hasta en tres ocasiones. En Sevilla todo es alegría. En Valencia, el drama se palpa en las calles.

Porque ese es el motivo de las lágrimas del día después. Tras el éxtasis del tercer gol, rozando con la yema de los dedos el sueño de Turín. Noche mágica, epílogo terrorífico. Nunca hubo un final más triste, ni guión más amargo para rematar una jornada que iba camino de ser histórica. A ciento ochenta minutos de batalla, el Valencia fue superior. El resumen es que el Sevilla hizo tres goles en la eliminatoria: uno ilegal, otro aprovechando el ‘shock’ del robo y otro en el minuto 184 del doble enfrentamiento. Poco, muy poco para justificar una final.

Sobre la celebración del entrenador del Sevilla es mejor no opinar. Fernando Torres -que, al contrario que el técnico hispalense, no tiene la insignia de oro y brillantes del Atlético de Madrid- celebró con señorío y cariño hacia un club que le estima su tanto en Stamford Bridge. Respeto. Clase. Saber estar.

Cualidades todas ellas ausentes en el esprint enajenado por el césped del preparador sevillista tras el gol de M’bia. Es absurdo debatir si mereció Emery en su día dicha condecoración: agua pasada no mueve molino. Pero lo menos que debe hacerse cuando se está en posesión de tan insigne detalle es tratar de darle lustre cada día. Emery revolcó por el barro la insignia de oro y brillantes de un club casi centenario. Otra lección para aprender.


Con todo, Mestalla volvió a demostrar a forasteros lenguaraces y a manipuladores de sentimientos que es un estadio muy por encima de habladurías y famas injustamente asignadas. Horas antes del recibimiento, y horas después del pitido final. Una afición ejemplar, una animación ejemplar, un sentimiento ejemplar. Nadie puede arrebatar eso a la hinchada blanquinegra. Ni la eliminación, ni la desastrosa temporada en el plano deportivo, ni una venta que se eterniza con el paso de los días. Las lágrimas fueron de rabia, sí, pero también de orgullo. Porque sólo pierde el que lo intenta y sólo cae el que pelea. Y el Valencia lo peleó hasta el final.

La incertidumbre marca un futuro a corto plazo con infinidad de incógnitas en el plano deportivo, económico y social. El camino, no obstante, lo marcaron esos aficionados que se marcharon hundidos del estadio pasadas las once y media de la noche. Hay que construir el futuro en torno a ellos, a su pasión y su sentimiento.

Que la venta fructifique lo antes posible y el nuevo -o actual- equipo gestor tenga tiempo para trabajar. Que la revolución del vestuario respete y refuerce los pilares fundamentales de este club -Alves, Mathieu, Bernat, Parejo, Alcácer…- y las contrataciones aterricen comprometidas y con hambre de gloria. Que el orgullo sentido ayer ya nunca vuelva a adormecerse ni a abandonarnos. Que el tropiezo sirva para levantarse con más fuerza: un punto de apoyo para que veladas como la del jueves no sean la excepción, sino la regla.

 

Paco Polit (@pacopolit)

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