Sevilla como principio y fin

Quizá se deba a la alergia, a las mariposas primaverales o simplemente a alguna copa de más, pero en los meses de abril me da siempre por divagar mentalmente e imaginar escenarios hipotéticos, posibles pasados, presentes y futuros alternativos y volar a través de ellos sin las ataduras de la cruda realidad. A menudo esta temporada se ha planteado la cuestión en conversaciones informales: ¿qué hubiese sido de este equipo de haber ganado en Sevilla el 2 de junio de 2013?

Aquel día se vino abajo, como la torre de Barad-dûr al final de ‘El Señor de los Anillos’, un proyecto de casi un lustro marcado precisamente por las luces y las sombras tanto en la gestión deportiva como en los resultados financieros y sociales. La gente estaba hasta el gorro de la era Llorente en el palco, y un año antes había dictado sentencia respecto a un entrenador que ganaba, sí, pero que jamás logró quitarse de encima la pátina de mediocridad que siempre le encadenó a quedarse en el ‘casi’ y no rematar ninguna faena con éxito. Cuatro años, cero títulos. La cruda realidad en los despachos y en el césped.

De haber ganado en Sevilla, el Valencia hubiese jugado la Liga de Campeones este año. Salvo, Rufete y su consejo se hubiesen paseado por palcos más selectos que aquellos que ha deparado la UEFA Europa League, eterna competición segundona que sólo cobró interés cuando, de golpe y porrazo, el equipo se vio al borde del abismo tras un ridículo espantoso en tierras suizas. La plantilla, no obstante, sacó lo mejor de sí misma para regalarnos un 5-0 inolvidable. Mestalla vibró como nunca. La última vez que vi así a la gente fue en aquella semifinal copera un 20 de marzo de 2008 ante el Barcelona. Más de seis años de sequía emocional. Demasiado, a mi humilde parecer.

El aficionado valencianista, en ese lapso temporal, se ha sentido tentado en más de una ocasión en comportarse como un Paulao más: tras encadenar varios desastres consecutivos, hastiado y desmoralizado… ¿acaso no compensa pedir el cambio? Para su desgracia, mutar de equipo es algo ligeramente más profundo y complicado que una mera sustitución por otro futbolista. Todo el mundo se sabe el dicho del trabajo, la novia, la casa, el coche y el equipo de fútbol, así que sería reiterativo recordarlo.

El adiós de Valverde dando un portazo en Nervión no fue más que una de las últimas muestras de esa conexión casi invisible que existe entre la capital hispalense y la del Turia. En los últimos años vienen a la mente desde aquel escandaloso atraco con gol de Adriano -el fuera de juego más evidente de la historia- hasta las exhibiciones de ‘fair play’ de Cristobal Soria y su escuadrón de recogepelotas sibilinos, pasando por la ‘envolvente’ que Spahic y Fernando Navarro le hicieron al pobre Aritz Aduriz, que picó como un pardillo.

Precisamente el vasco nos deleitó hace unas horas en el Camp Nou con su enésimo recital futbolístico, en pleno apogeo a sus 33 años. Aduriz, que se fue del Valencia asqueado por el trato al que se vio sometido por su entrenador. Aduriz, que fue acusado y puesto en la picota por un gol que no fue capaz de anotar en Gelsenkirschen en 2011. Su técnico por aquel entonces se sentará el jueves en el banquillo local del Pizjuán.

Braulio y Monchi parecían compañeros de pupitre con exámenes sospechosamente parecidos viendo la agenda y fichajes que uno y oro persiguieron durante años. Gameiro y Bacca son dos ejemplos de jugadores que el gallego quiso para sí y que el ex portero se llevó a la saca. También Marko Marin -Braulio descartó su cesión en verano de 2013 para fichar a Pabón, tal cual- o Iborra fueron objeto de informes en ambas secretarías técnicas.

Tanta coincidencia, intrahistoria, guiños del destino y giros de guión empezaron en el Pizjuán y desembocan en Nervión este jueves. Pase lo que pase, habrá un partido de vuelta que disputar una semana después en un coliseo, Mestalla, que debe rugir como nunca. Sevilla y Valencia, dos alternativas con épocas gloriosas en la década pasada y que, tras su particular travesía por el desierto, luchan por resurgir. En una campaña particularmente decepcionante para los de Pizzi, Europa supone la oportunidad de aguantar en el lecho dormitando cinco reconfortantes minutos más.

Nadie puede quitar al bisoño seguidor valencianista la ilusión de vivir quince días de magia. Temblar de emoción sólo de pensar en tumbar al Sevilla, abofetear al Atlético días después, rematar la faena ante los hispalenses en casa para celebrar la final de Turín y culminar semejante ‘tour de force’ asaltando la Cueva de Alí Babá por antonomasia en el Bernabéu. ¿Suena a locura? Bendita sea, entonces. Cuatro partidos preciosos sobre el papel, durísimos sobre la pizarra táctica y con tantos y tantos alicientes que harían falta todos los megabytes de Internet para cuantificarlos.

No hace falta que lo canten Los del Río para saber que, el jueves, Sevilla puede tener un color especial. Ya se tiñó de blanquinegro en 1999. Territorio conocido, por tanto. Sólo hace falta transitarlo de nuevo. Con aplomo y seguridad. Con ilusión y testiculina. Con ganas de soñar despiertos.

 

Paco Polit (@pacopolit)

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