A 20 por hora

Al final de la semana, la directora general de Tráfico se reunió con casi setenta alcaldes de las ciudades más pobladas, y le sugirió que en algunas calles se limite la velocidad a 20 o 30 kilómetros por hora. La directora general está empeñada en una causa noble, que disminuyan los accidentes de tráfico, pero hay ocasiones en que su entusiasmo puede resultar discutible.
La única manera de que haya cero accidentes de tráfico consistiría en que se prohibiese la circulación de vehículo, de la misma manera que una forma drástica de evitar los accidentes de montaña consistiría en prohibir el acceso a las mismas.

Circulo bastante metido en un automóvil por las ciudades, una vez conduciendo yo y, la mayoría de las veces, observando la desesperación del taxista para evitar la ratonera de un embotellamiento. Me imagino que las ocupaciones de la directora general serán tantas que cuando vaya a bordo del coche oficial de su casa al ministerio o del ministerio a su casa, no le dará tiempo de observar el fenómeno del tráfico urbano, pero si no estuviera tan ocupada, podría percatarse que si en algunas vías la velocidad se reduce a 20 kilómetros por hora es probable que logremos salvar una vida al año y, también, el colapso de los municipios donde se implante esa norma.

La labor de la dirección general de Tráfico merece todo nuestro apoyo, pero el apoyo no puede ser ciego. Multar al viajero de un taxi por no llevar le cinturón de seguridad, mientras el conductor no lo lleva, puede llevarnos a la conclusión de que a la directora general los cuerpos de los taxistas le importan un comino o que la medida es una estupidez. Poner una multa de 200 euros, como ocurre en Zaragoza, por no llevar el cinturón en un vehículo que no avanza a más 50 kilómetros por hora y está protegido por los asientos delanteros, mientras un niño de cuatro años va en el autobús escolar si  cinturón, como si los niños fueran de hierro, es una muestra más de una arbitrariedad que llama la atención, como nos llamó la atención el globo sonda, lanzado desde la dirección general, en el que se sugería que los conductores veteranos nos volviéramos a examinar.

Si los alcaldes se han quedado convencidos y ponen en las calle la prohibición de circular a más de veinte kilómetros por hora sucederán dos cosas: que recaudarán muchísimo dinero en multas y que convertirán sus ciudades en un caos.