El orgullo de Moriarty

La galería de villanos de la literatura y el cine está trufada de personajes astutos, zalameros y perspicaces, que podrían haber optado por el camino de la luz pero que escogieron la senda del mal porque simple y llanamente la travesía les parecía mucho más entretenida. A vuelapluma surgen los nombres de Hannibal Lecterya hablamos de él hace semanas-, el Joker, Mr. Ripley, Lord Voldemort o el que hoy nos ocupa: el profesor James I. Moriarty.

No hay nada tan terrorífico para un héroe que un villano con una mente calcada a la suya. Como las caras de una misma moneda, Holmes y Moriarty, la batalla entre el bien y el mal nunca estuvo tan igualada. Traduzcámoslo al proceso de venta del Valencia: nunca las dudas fueron mayores que cuando la ilusión y esperanza de un futuro mejor para el club choca con las cloacas y miserias de una senda que venimos transitando desde hace tres meses.

Lo ocurrido en las últimas dos semanas apunta a plan maestro diseñado por nuestro querido profesor para enloquecernos de forma definitiva e irreversible. Desde las alturas, Moriarty sonríe mientras sus pequeños peones llevan a cabo un espectáculo circense de varias pistas con filtraciones, discusiones, comunicados inclasificables, secretos que conoce media Valencia y que la otra media dice conocer, irresponsabilidad, egos que no caben por la puerta del edificio y el sentimiento de que lo menos importante es lo que acabe pasando con el club.

Moriarty estaría orgulloso de tener a las fuerzas del bien en jaque y temerosas de que el proceso de venta no se lleve a cabo. Las fuerzas del bien, en nuestro universo, son los aficionados. La prensa toma el papel de un Scotland Yard que a veces acierta y a veces se equivoca. A la policía le llegan pistas, indicios, ‘soplos’ y detalles de un puzzle gigante que hay que encajar poco a poco. Lo de toda la vida, vamos. Y en el papel de secundarios de lujo, esos que protagonizan los casos mientras el villano real se esconde entre bambalinas, tenemos a los habituales Salvo, Martínez, Estepa, Fabra, Moragues, Buch, Rus y todos y cada uno de los compradores interesados.

Insisto: Moriarty estaría orgulloso. Desde el 10 de diciembre hasta hoy, la venta del Valencia ha dado más bandazos que un político en año electoral. El proceso es indescifrable y confuso salvo para aquellos que lo olfatean de cerca y a diario cual sabueso de los Baskerville. Lo último ha sido la absurda discusión por la ‘minuta’ de Pricewaterhouse Coopers -la consultora ya definió la semana pasada cobrar honorarios fijos y en variables por su asesoramiento en el ‘Projecte Amunt’, como califica su trabajo con el Valencia y Fundación- y la filtración de documentos desde la Virtual Data Room, que fue ‘vendida’ en el proceso como una suerte de Matrix blindada e inexpugnable y que en apenas dos semanas ya se ha convertido en la versión 2.0 del Coño de la Bernarda.

Con todo, aquellos amantes de las historias con cierre y epílogo deben aguantar todavía más de un mes, incluso dos si me apuran. El presidente Salvo muestra un rostro impenetrable de tranquilidad, de sosiego, así que no es descartable un último as en la manga. Mientras tanto, veremos si el que filtró datos de la VDR es expulsado del proceso o no. Y, sobre todo, veremos si las ofertas más potentes dan el paso adelante antes del 1 de abril a las cuatro de la tarde. Sobre el papel, su borrador de intenciones pinta bien. Pero de esa novela hablaremos otro día

 

Paco Polit (@pacopolit)

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